NO SÉ POR QUÉ RECUERDO
No sé por qué recuerdo mis primeros días en Istmina con tanta intensidad. Llegué a ese lugar cuando apenas tenía doce años, estrenando un peinado hacia arriba que abandonaba el lamido lateral de la abuela, con el pecho repleto de una fe acerada y la cabeza embotada de una ingenuidad que me llevaba a definir prematuramente mi futuro. Mi madre también lo creía, por eso hizo un gran esfuerzo por matricularme en un internado que quedaba en un sitio tan alejado y exótico. Un colegio que combinaba una educación de alto nivel, oración intensa y un aislamiento estricto del entorno que achicaba el carácter, tanto que, en vez de prepararlo a uno para el mundo, parecía que más bien lo mutilaba. Lo primero que sentí fue el calor. Todo el tiempo me quejé de él, por lo menos en los primeros seis meses, en que me asombraba la cantidad de sudor que chorreaba de mi cuerpo. Me sorprendía con las pequeñas gotas de agua que salían de mis nudillos, y que las dos o tres duchas ...