PILINCHO
El hombre llegó agitado. Era mayor, con apariencia débil. Su actitud nerviosa intrigaba. Era viernes, cerca de la hora de cierre, y luego de preguntar por quién administraba, se dirigió a donde yo estaba: ―¡Cierre la puerta, señora, por favor! Vengo a hacer un giro y creo que me siguen para matarme. Hice una mirada a la chica que atendía en la caja para que estuviera atenta con la alarma. No había muchos clientes, y parecía que no se percataban de lo que pasaba. Con un ademán le pedí al hombre que se quedara cerca de mi escritorio mientras iba a la entrada. Por la vidriera no vi nada diferente a lo acostumbrado: carros que vienen y van por la Blackwell, peatones abrigados que caminan decididos, ensimismados; algo de la nieve del fin de semana aún acumulada en las aceras. Una clienta me reconoció y levantó la mano a lo lejos. Puse el pasador e invité al hombre a la parte de atrás, a la cocineta. No es el primero que llega con los nervios ...