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NO SÉ POR QUÉ RECUERDO

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   No sé por qué recuerdo mis primeros días en Istmina con tanta intensidad. Llegué a ese lugar cuando apenas tenía doce años, estrenando un peinado hacia arriba que abandonaba el lamido lateral de la abuela, con el pecho repleto de una fe acerada y la cabeza embotada de una ingenuidad que me llevaba a definir prematuramente mi futuro. Mi madre también lo creía, por eso hizo un gran esfuerzo por matricularme en un internado que quedaba en un sitio tan alejado y exótico. Un colegio que combinaba una educación de alto nivel, oración intensa y un aislamiento estricto del entorno que achicaba el carácter, tanto que, en vez de prepararlo a uno para el mundo, parecía que más bien lo mutilaba.    Lo primero que sentí fue el calor. Todo el tiempo me quejé de él, por lo menos en los primeros seis meses, en que me asombraba la cantidad de sudor que chorreaba de mi cuerpo. Me sorprendía con las pequeñas gotas de agua que salían de mis nudillos, y que las dos o tres duchas ...

DISCIPLINA DEPORTIVA

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   ¿De qué están hechos los espíritus que unas veces son invadidos por la pasión y otras son presa de una espesa indiferencia? ¿Por qué los propósitos son tan esquivos y, a pesar de los esfuerzos por mantener el rumbo, las corrientes internas revuelven las ideas y llevan los planes a lugares indeseados? Conocerse a sí mismo es un trabajo que no termina. Cuando se cree que se ha llegado a una conclusión, en cuestión de días se encuentra la sorpresa de que apenas se tiene un principio.    Durante cerca de diez años monté en bicicleta por las trochas del Sur del Valle de Aburrá y los alrededores de Manizales. Recuerdo que un amigo me recomendó el deporte en un almuerzo en el que hablábamos sobre el nivel de mis triglicéridos y de mi índice de masa corporal que sobrepasaba el valor de treinta, sin señal de detenerse. Es probable que le contara que cuando tenía veintisiete años consulté con una médica, dado que me mareaba con frecuencia, y que, además del descubrimie...

FRÍO VERDADERO

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  En la Ciudad de la Eterna Primavera la gente no sabe de bajas temperaturas, el frío lo relacionan con un pueblo encumbrado, habitado por cara’e palmadas enruanados que toman aguapanela hirviendo a gran velocidad. Los referentes son veredas de Santa Rosa de Osos, amaneceres en el Páramo de Letras, o algunos de los apacibles pueblos de Boyacá. Pero lo que se experimenta en esos lugares no son temperaturas bajas, así aparezca un pico blanco deshabitado contradiciendo la frase. Esas temperaturas existen sólo en lugares fuera del trópico, y penetran tanto en el cuerpo, que alcanzan el rincón tibio donde se hospeda el alma.     La mejor escala para medir la temperatura es la centígrada, que se basa en el comportamiento del agua, un elemento familiar, donde el cero es el punto de congelación y cien el de ebullición. En esa escala, el nivel más bajo, -273 °C, es donde la vibración de los átomos, la danza minúscula que genera la temperatura, se detiene. El promedio ...

EL NORTE DEL NORTE

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De allá para acá se consumió la gente; se desbandaron los hombres  en busca de otros “bebederos”. Pedro Páramo. Juan Rulfo    No sé si sea posible dar una opinión general sobre los habitantes de un país sin que nadie se sienta excluido. Los matices de las costumbres se acumulan y hacen diferentes a comunidades separadas apenas por unos kilómetros.    Un territorio inmenso como México, plantea el mismo problema. No hay un mexicano típico, pero también, cuando ves y oyes uno, te das cuenta de inmediato de dónde es. Eso pasa, quizá, porque he tenido varias aproximaciones al país desde mi infancia, empezando con la abundante televisión llena de risas y lágrimas, las películas y los corridos trágicos. Luego, los viajes en que cada pueblo, cada amigo, cada historia me acercan de tal forma que siento que podría vivir allí de forma permanente.    Sin embargo, la experiencia mexicana más intensa la tuve cuando trabajé en una tienda con aire michoacano en Ho...

EL REMERO

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¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía? El Ajedrez II. J.L. Borges    Hace unas semanas, fui por segunda vez al Museum of Fine Arts en Houston. Quería ver de nuevo la escultura de Luis Giménez, Cruzando el Río Bravo . La intensidad de esa representación de más de dos metros me perseguía. Unos pies grandes, parados en lodo y entre juncos, representan el río que marca la frontera de México con su vecino. Si sigues hacia arriba, por la ruta del blue jean arremangado y sujeto con un lazo, encuentras dos piernas poderosas que desafían las divisiones geográficas. Sobre el torso empieza lo increíble: unos brazos morenos, que pudieran estar disponibles para lidiar con las aguas, sujetan con fuerza unas rodillas entre las que está la cabeza gacha del hombre, con el rostro afectado por el esfuerzo. Sobre los hombros, va una mujer que lleva resguardado con un poncho a un bebé. Los pies de la mujer se apoyan con el empeine en la parte baja de ...

JUAN PRECIADO

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"Vine a Comala porque me dijeron  que acá vivía mi padre…". Pedro Páramo. Juan Rulfo. Leer a Pedro Páramo es como repasar en la mente la conversación íntima con un amigo, asombra la delicadeza con la que usó las palabras, lo asertivo y sabio que fue en lo que dijo e incómodo cuando rozó una verdad que no se soporta. Lo leí durante un viaje a Texas, un lugar donde el alma mexicana se siente de forma intensa, con la esperanza de que ayudara a entender lo que estaba viendo. Por eso, este escrito es una colección de imágenes de lo que viví, cruzada por un libro que convirtió en Comala el lugar que visitaba y en Juan Preciado a los que mueren buscando un mejor destino en tierras hostiles. No es mucho lo que un colombiano común y corriente conoce sobre la historia y la cultura de México, así desde pequeño haya sido influido con música, películas, comedias, telenovelas y cómics producidos allá. De niño creía que los hombres mexicanos lucían como Vicente Fernández, cuando la realid...

ELEGANCIA

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   Cuando vi a la mujer, morena, altísima, montada en sus tacones negros, no pude evitar admirarla. Fue un momento fugaz en el que se me quedó grabada su figura. Lucía un vestido blanco, de sastre, con un corte corto, perfectamente peinado con gel hacia un lado. Yo estaba en la caja, pendiente de los clientes que a aquella hora de la tarde eran escasos en el supermercado. La mujer llevaba, con estilo, un pequeño bolso en su brazo que desprendía unos visos perlados. Sus manos terminaban en unas uñas largas, sin exageraciones, esmaltadas al estilo francés. Miraba la sección de frutas y verduras, levantando la cabeza, con el ademán del que busca algo que no encuentra. Me dio la impresión de que estaba de compras antes de ir a una reunión importante. Yo seguía en mi trabajo y de vez en cuando daba vuelta a mirar dónde estaba. Necesitaba observar aquella belleza extraordinaria que se había presentado en mi trabajo.    «¡Wellcome, Sir!», un hombre moreno entró a l...