MONY
Desde muy joven, Mony, he tenido que encontrar fuerzas para permanecer a flote. La madrugada en que me deshice del obstáculo que me atormentó varios meses fue mi iniciación: lo empaqué en varias bolsas y lo tiré en los contenedores. Algo en mí sentía las miradas desde las casas, pues mis vecinas estaban pendientes de cuanto ocurría en las calles. Fueron largas las horas en que escuché cómo llegaba el camión de la basura: las canecas arrastradas o tiradas, las voces y las carcajadas de los operarios, el ladrido de los perros. Al escuchar el zumbido de la prensa del carro imaginé mi sangre mezclada en el líquido negro que chorreaba al pavimento. Cuando esa ruidosa coreografía desapareció en la distancia dejando las calles en silencio, supe que podía hacer lo que quisiera. Desde ese día, la abuela no volvió a dirigirme la palabra. Mi madre, entretenida en su trabajo y sus novios, ni se enteró. Era una mujer concentrada en sí misma que durante la semana llegaba tar...