PILINCHO




   El hombre llegó agitado. Era mayor, con apariencia débil. Su actitud nerviosa intrigaba. Era viernes, cerca de la hora de cierre, y luego de preguntar por quién administraba, se dirigió a donde yo estaba:

   ―¡Cierre la puerta, señora, por favor! Vengo a hacer un giro y creo que me siguen para matarme.

   Hice una mirada a la chica que atendía en la caja para que estuviera atenta con la alarma. No había muchos clientes, y parecía que no se percataban de lo que pasaba. Con un ademán le pedí al hombre que se quedara cerca de mi escritorio mientras iba a la entrada. Por la vidriera no vi nada diferente a lo acostumbrado: carros que vienen y van por la Blackwell, peatones abrigados que caminan decididos, ensimismados; algo de la nieve del fin de semana aún acumulada en las aceras. Una clienta me reconoció y levantó la mano a lo lejos. Puse el pasador e invité al hombre a la parte de atrás, a la cocineta. No es el primero que llega con los nervios destrozados. Conozco bien este lugar inclemente, por eso tengo, siempre, una buena provisión de valeriana. Lo que hacía era un error, quizá, pero algo me decía que debía ayudar. Tenía que calmar la palidez y el temblor del hombre antes de que se me contagiara.

   ―Sepa, señor…

   ―Pedro. Llámeme Pedro. ―Me interrumpió.

   ―Sepa que no puedo ayudarlo con transacciones de dinero que no tengan un origen…

   ―No se trata de eso, señora. Es solo que ayudo a un amigo. Déjeme, le cuento.

   Acerqué una silla a la mesa donde estábamos y me serví, también, una taza.

   ―Conocí a un amigo, Pilincho, trabajando en las cuadrillas que se formaron para la limpieza de escombros que dejó el nueve once. De entre los miles de extranjeros que se encargaron de esa labor, que se hacía con una urgencia que no diferenciaba entre huesos y hierros, parecíamos dos mellizos separados al nacer que se encontraban en medio de aquel desastre. Éramos de la misma edad, indocumentados, de Cartago y llevábamos el mismo tiempo en Estados Unidos. Nunca antes nos habíamos cruzado, pero desde el primer momento que intercambiamos, nos caímos bien, y con los meses de trabajo, removiendo escombros en medio de la podredumbre y un polvo espeso que asfixiaba, nos hicimos amigos.

   »Trabajamos luego en una constructora, tosiendo como tísicos las cochinadas que respiramos en el World Trade Center. Era como si nuestros cuerpos quisieran limpiarse de la última mota de polvo que hubieran inhalado. Después de unos meses, mi pecho descansó, pero el de Pilincho continuaba luchando con algo que no lo dejaba en paz. No había remedio que le ayudara. Íbamos juntos los viernes a las oficinas de giros para hacer los envíos. Yo para mi madre. Él, para su hijo, Pilincho. Sí, el hijo se llamaba como él. Luego nos íbamos a donde las muchachas a hablar de fútbol y las situaciones con las viejas. Vivía con una paisana de esas que desaparecen un tiempo y luego llegan con una maleta de reclamos para el tonto que las recibe. Pobre hombre. Llegué a considerarlo un hermano.

   »No le voy a alargar mucho la historia, señora. ―Debió notar mi incomodidad cuando empezó a hablar mal de las viejas. Le di ánimos para que continuara. La cajera se había asomado para verificar que todo estuviera bien―. Pilincho murió pronto, debido a la tos que se fue haciendo insoportable y con el ruido terrible que hacen los que expulsan trozos de sí mismos. Me duele el alma al recordarlo tirado en la cama, flaco, demacrado, con el color de los que están en las puertas del más allá, luchando, sin éxito, por una bocanada de aire que lo aliviara. Es una imagen que no quisiera haber visto. Preferiría recordarlo con sus carcajadas ruidosas en la barra, contando sus chistes flojos mientras nos embuchamos de cerveza. Pero no puedo. La imagen final de los amigos muertos no se borra de la mente.

   Le pedí disculpas porque miraba mucho el celular. Estaba atenta, pero tenía un contacto insistente al que le escribí que esperara.

   ―Varios años después pude volver a Colombia, dolido, porque la vida se me estaba llenando de fantasmas. Mi madre había muerto anhelando estrechar la mano del hijo que había querido tanto. Sobre eso hablaba con un sobrino mientras saboreábamos pandebonos y café con leche en la Inglesa. Encontré a Cartago llena de forasteros; entre esos, yo mismo, que no reconocía mucho de lo que veía. De pronto, una de las muchachas que atendía saludó en tono alto a un hombre joven que entró encorvado y cojeando:

   »―¡Hola, Pilincho! ¿Cómo sigues?

 »Cuando escuché ese nombre me dio un estremecimiento. Aún más cuando escuché cómo el hombre respondía al saludo: tenía el mismo tono de voz y cadencia que conocía de mi amigo. Lo abordé invitándolo a la mesa. Le calmé la cara de terror que puso cuando me le acerqué, contándole cómo había conocido a su padre, cómo lo apreciaba y el gusto que me daba encontrarlo. Ya puede intuir, señora, que hablamos bastante. Nos contó que todo iba bien en su vida y en la de sus familiares y que mantenía contacto de vez en cuando con la viuda de su padre por el asunto de una indemnización. Hace casi un año habían anunciado en las noticias que quienes trabajaron en la remoción de escombros del World Trade Center serían indemnizados. Sí, todo bien, hasta hace tres meses, cuando unos hombres tocaron a su casa y le dieron un saludo con cuatro tiros. «Créame que no sé. Nunca he tenido enemigos y no estoy metido en enredos. No tengo idea de por qué lo hicieron.»

   El viejo se sentaba en su palabra, sin duda, emocionado con los pormenores de su historia. De vuelta a Nueva York, emprendió los trámites ante el fondo de compensación aprovechando un dolor de espalda que lo mortificaba desde hace mucho. También consultó sobre su amigo, llevándose la sorpresa de que el hijo había recibido lo que le correspondía hacía unos meses a través de una apoderada que aparecía firmando todos los papeles.

   «Eso no puede quedarse así», decía, recordando la memoria de su amigo. Asumió la demanda para revertir lo que habían hecho y lograr que el hijo obtuviera lo que era suyo. La viuda se le apareció en la casa, acompañada por un hombre alto y con una mirada que amenazaba, a ofrecerle cien para que abandonara la demanda. Sospecho que el viejo dramatizaba un poco, porque no me lo imagino muy elocuente con el grandote que se paró en su puerta. Según él, les dejó claro que buscaba que la indemnización pasara a las manos del hijo, como correspondía. Me entró curiosidad por los costos de un trámite como esos, pero el hombre hizo como si no oyera mi pregunta y se enfocó en las peripecias con las que habían obtenido la visa humanitaria para que Pilincho viniera a Estados Unidos a cumplir los últimos trámites. Habían quedado en que en esa semana le enviaría la plata para su viaje. «Al final, la última imagen de mi amigo Pilincho en mi mente no será la de un cuerpo seco en una caja, sino una sonrisa en la cara sonrosada de su hijo, cuando reciba la indemnización».

   Hicimos la transacción de don Pedro y lo despedí, aún tembloroso, en la puerta.  Nos habíamos pasado mucho de la hora de cierre, así que nos apresuramos para poner un poco de orden, apagar las luces e irnos.  Oímos, lejos, cuatro detonaciones.  «Es diciembre, no nos asustemos.» Dije, con la esperanza de que todo marchara bien para ese amigo.

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