NO SÉ POR QUÉ RECUERDO
No sé por qué recuerdo mis primeros días en Istmina con tanta intensidad. Llegué a ese lugar cuando apenas tenía doce años, estrenando un peinado hacia arriba que abandonaba el lamido lateral de la abuela, con el pecho repleto de una fe acerada y la cabeza embotada de una ingenuidad que me llevaba a definir prematuramente mi futuro. Mi madre también lo creía, por eso hizo un gran esfuerzo por matricularme en un internado que quedaba en un sitio tan alejado y exótico. Un colegio que combinaba una educación de alto nivel, oración intensa y un aislamiento estricto del entorno que achicaba el carácter, tanto que, en vez de prepararlo a uno para el mundo, parecía que más bien lo mutilaba.
Lo primero que sentí fue el calor. Todo el tiempo me quejé de él, por lo menos en los primeros seis meses, en que me asombraba la cantidad de sudor que chorreaba de mi cuerpo. Me sorprendía con las pequeñas gotas de agua que salían de mis nudillos, y que las dos o tres duchas diarias no fueran suficientes para refrescar el cuerpo. Estaba en medio de una selva húmeda tropical, a menos de cien metros sobre el nivel del mar, en una de las zonas más lluviosas del mundo. Un lugar ideal para comprender el concepto de humedad y exponerse a los peligros que vienen con ella.
El colegio era un oasis en medio de un territorio muy pobre. Era algo que, por mi edad, no percibía en toda su dimensión, pero que era muy visible. El internado quedaba en una zona alta desde donde podía apreciarse el pueblo, algunas veces inundado por las crecientes del gigantesco y famoso río San Juan. Ver unas familias a lo lejos, con algunas de sus cosas en los tejados esperando a que bajara el agua, me parecía algo curioso, pero en mi corazón no había señales de conexión con el sufrimiento que podían estar pasando los que estaban en esas condiciones.
El edificio era inmenso, tanto como le puede parecer grande una construcción a un niño venido de las periferias más extremas del Valle de Aburrá, donde las únicas referencias arquitectónicas importantes eran la iglesia del barrio y una escuela con pocos salones. El internado en Istmina lo conformaba un gran rectángulo cuya estructura de robustas columnas encerraba dos patios del tamaño de canchas de microfútbol. Separando las canchas, había una zona amplia que podía usarse para presentaciones de teatro y otros eventos. El edificio fue construido a dos niveles en la mayor parte del contorno. En uno de sus lados los niveles llegaban a tres. Allí quedaba el dormitorio de los más pequeños, a donde llegué a darle trabajo extra a mi ángel de la guarda, porque muchas veces caminé por las tejas resbaladizas de zinc del segundo nivel, hasta alcanzar el corredor del tercero. Tiempo después, la ruta extraordinaria que usaba se perdió, porque construyeron otro nivel para las habitaciones episcopales, que tenía vista a una capilla que se proyectaba saliendo del rectángulo. La desproporción de lo que veía era tal, que cuando volví de vacaciones a mi casa, me asombré al encontrarla tan pequeña.
Durante los primeros meses de mi llegada estuve asimilando el entorno y siendo asimilado por él. Convivía con personajes que nunca había visto, inmerso en rutinas estrictas para las que nunca había estado entrenado, adoptando comportamientos que nunca antes me habían enseñado y de los que incluso no tenía idea de que eran importantes. «Señor, baje los codos de la mesa. El arroz se come con tenedor y se ayuda con el cuchillo. El pan no se lleva directamente a la boca». Conocí lo que le pasa a un plato cuando no se lava adecuadamente varias semanas, lo que le pasa a una camisa sudada cuando se deja abandonada en uno de los compartimentos de la cómoda y, también, que las conexiones neuronales que me hacían tan bueno para la matemática, el latín y las historias no servían para el inglés, el fútbol y el básquetbol. Me adapté sin problemas a las exigencias académicas, tres lenguas y materias dictadas con mucha profundidad y una gran demanda de informes y otras tareas. Años después sabría de la alta calidad de instrucción que estaba recibiendo.
Al inicio me acerqué al obispo, un señor alto y robusto que, al saludarte, extendía la mano para que le besaras el anillo. A las pocas semanas no volví a frecuentarlo. Me lo cruzaba en las confesiones, en las que me invitaba a que fuera a ayudarle como secretario. No puedo acordarme de qué clase de pecados me arrepentía en ese tiempo antes de que empezaran a mortificarme las hormonas. Algo dentro de mí evitaba a Monseñor. Tengo algo natural que me aleja de los líderes, que me empuja siempre a ir por mi cuenta.
En medio de todo lo que vivía, le llegó una tristeza inexplicable a mi espíritu. Había pasado cerca de cuatro meses embelesado en aquella nueva experiencia que me mantenía ocupado desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, y que apagaba mi cuerpo cuando tocaba la cama. Sin embargo, desde un tiempo en adelante, un desasosiego me arropaba en las noches. Estaba aburrido, pero no sabía explicarme por qué. Siendo un ser curioso, estaba viviendo una experiencia llena de cosas nuevas e interesantes. En el desayuno de un domingo me sorprendí llorando desconsoladamente. El comedor era un salón amplio donde más de cien personas comían en grupos de seis, presididos por una gran mesa donde se sentaban los personajes ilustres. Asusté a mis compañeros, que alertaron a los superiores. Monseñor Gustavo me llamó a su mesa, y con una voz bonachona, pero alta para que todos oyeran, me preguntó qué pasaba. Hasta ese momento yo no lo sabía, pero un autómata dentro de mí tomó la voz: «Extraño mucho a mi abuela». El obispo me dio un abrazo, dijo unas palabras de aliento y me pasó el postre de frutas que acababan de servirle.
Se necesitó ese momento para darme cuenta de que hacía varios meses que había roto con las costumbres de mi vida. Que la relación con mi abuela, que me crió desde que era muy niño, reclamaba dentro de mí como una pérdida que se rehusaba a ser ignorada. Me dolía en el alma su ausencia. Las semanas que siguieron calmaron mis lágrimas. El tiempo y las experiencias que se acumulaban me hacían mayor. Ahora veo que, cuando eres grande, el dolor de las cosas que te faltan ya no se expresa solo con lágrimas.
