DISCIPLINA DEPORTIVA




   ¿De qué están hechos los espíritus que unas veces son invadidos por la pasión y otras son presa de una espesa indiferencia? ¿Por qué los propósitos son tan esquivos y, a pesar de los esfuerzos por mantener el rumbo, las corrientes internas revuelven las ideas y llevan los planes a lugares indeseados? Conocerse a sí mismo es un trabajo que no termina. Cuando se cree que se ha llegado a una conclusión, en cuestión de días se encuentra la sorpresa de que apenas se tiene un principio.

   Durante cerca de diez años monté en bicicleta por las trochas del Sur del Valle de Aburrá y los alrededores de Manizales. Recuerdo que un amigo me recomendó el deporte en un almuerzo en el que hablábamos sobre el nivel de mis triglicéridos y de mi índice de masa corporal que sobrepasaba el valor de treinta, sin señal de detenerse. Es probable que le contara que cuando tenía veintisiete años consulté con una médica, dado que me mareaba con frecuencia, y que, además del descubrimiento de los lípidos en niveles alarmantes, me había dado la advertencia de que no llegaría a los cuarenta si no hacía algo al respecto. La edad que tenía en la época del almuerzo era una en que todos los días me levantaba con la sensación de que podía ser el último, en el sentido en que lo debe tener presente un condenado a muerte.

   En general, no soy bueno para los deportes de contacto. Cuando era niño sufría mucho con la falta de habilidad para el fútbol, tan necesaria para encajar en los grupos. Siendo zurdo en mis manos, soy derecho de pierna, es decir, hay un enredo en mi cerebro que no permite que sea fluido con la pelota, y eso que jugué casi todos los días, varios partidos al día, durante tres años. Además, no me gustan los gimnasios. Me sentía muy cómodo con el tenis de mesa, pero había perdido a mi pareja y, excepto en una fugaz oportunidad, nunca hice un esfuerzo serio por retomar la práctica. La bicicleta se presentó con la promesa de ser un redescubrimiento. El concepto no me era atractivo, ya que tenía malos recuerdos de la que alguna vez tuve. Aprendí a montar en una cuando era adolescente. Llegué tarde a la bicicleta, ahora que lo pienso bien, y afortunadamente duró poco, pues se desbarató, luego de los choques y caídas en los que casi pierdo la vida por mi fascinación irracional con la velocidad.

   Como resultado de la charla en el almuerzo me compré una GW. El marco era de aluminio y con los componentes normales para iniciar la práctica. También compré una para mi hijo, con la expectativa de que me acompañara, pero después de unas primeras montadas se desinteresó. Con mi esposa tampoco funcionó, luego de unas salidas encontró la bicicleta como un peligro con riesgos intolerables y además agotador.

   Me enrolé, entonces, en un grupo de principiantes en Envigado que montaba en las noches de los martes por la zona de El Salado y pronto ya estaba haciendo recorridos más largos con ellos los domingos. El asunto me encantó. Lo del redescubrimiento fue cierto. Ya no tenía los impulsos suicidas de mi juventud. Tuve paciencia mientras mi cuerpo se adaptaba a los nuevos esfuerzos. La pendiente más leve era un sufrimiento, así fuera de unos pocos metros. Pero el sufrimiento no desapareció, se volvió algo tolerable, porque esas pendientes se volvieron de decenas de kilómetros.

   La ruta más frecuente los domingos era por las zonas rurales de Caldas, con recorridos que a veces pasaban por Amagá o Angelópolis. El retorno a casa era a media tarde, con muy pocas calorías en el cuerpo, pero feliz. Mantuve la rutina cuando me fui a Manizales. Las rutas más frecuentes allá eran hacia los termales, con una parada obligada por aguapanela y plátano asado en Gallinazo, o la bajada hasta La Francia: un vuelo de diez kilómetros que después se paga caro remontando a la ciudad.

   Después de disfrutar el deporte por varios años, sorprendido con las capacidades desconocidas de mi cuerpo y el regalo de las imágenes en los entornos rurales remotos, concluí que sí había otro deporte para mí. Uno en el que podía manifestar mi disciplina y disfrutar de sus beneficios sin esfuerzos postizos. Es más, me consideraba adicto a la actividad, hasta que se mezcló la saludable práctica del montañismo en bicicleta con otras inquietudes.

   El ciclismo, como los otros deportes y profesiones, requiere de sus equipos. Y, por una ley que no entiendo, el tipo de equipo es una oportunidad de mostrar estatus. Lo que cuelga del cuerpo, los materiales o el diseño de los objetos que se usan para caminar o vestirse, hablan de las capacidades del que los lleva. De pronto, me di cuenta de que estaba siendo discriminado por mi pequeña bicicleta. Con los años, la moda que se impuso fueron bicicletas de fibras de carbono, rines más grandes, y componentes con tecnologías novedosas. Había llegado el momento de cambiar. Me había demorado bastante para considerarlo, más teniendo en cuenta que el aparato que montaba era de introducción.

   Había una razón que no me permitía hacerlo de inmediato. El objetivo por el que estaba en el deporte: el mantenimiento de mi condición física. Además, era del tipo que disfrutaba quedarse atrás en el lote conversando con los últimos. Nunca tuve pretensiones de mejorar un segundo mi ritmo. Disfrutaba plenamente del paisaje por donde pasábamos y del intercambio social que se generaba en la actividad. Visto así, que mi bicicleta fuera más pesada que las modernas no era algo en contra, era algo a tono con lo que buscaba.

   Algunos espíritus perturbados encuentran en la moda una oportunidad de burla, además de una oportunidad de explorar lo diferente. Había una estadística muy negativa para las bicicletas de última tecnología, eran las que se varaban con más frecuencia, y en algunos casos, con daños increíbles para equipos de tan altas especificaciones. Sabía bien que no estaba sufriendo de un caso de justificaciones amontonadas para hacerle el quite a una inversión costosa. Había algo en esos aparatos recientes que no me convencía del todo.

  Hice una inversión muy parecida a la compra de una bicicleta nueva cambiando los componentes de la vieja GW por tecnologías más recientes. Me di cuenta de que el marco no estaba tan desactualizado como pensaba. Los cambios quedaron con una suavidad que me reproché no haber experimentado antes. La suspensión delantera redujo las molestias en mis muñecas y los frenos de disco de última generación mejoraron mucho el control en los descensos. Pero creo que no monté tres veces más en esa super-bicicleta. Algo dentro de mí cambió y nunca más volví a desafiar las pendientes y rutas destapadas de los alrededores. ¿Por qué pasó justo cuando subí de nivel el aparato en el que practicaba? ¿Por qué no fue un desencanto paulatino? Un insatisfecho que habita dentro de mí surgió y lo cambió todo en un momento, un insensible aferrado al objetivo primario que no le importó dejar de lado las maravillas que vivía pedaleando por las veredas.

   Pocos meses después estaba caminando, trotando, buscando de nuevo un deporte que se adaptara a mis necesidades. Ahora ese marco durable y sus componentes descansan en Barbosa, esperando que alguien los dignifique, los rescate del olvido, les dé un poco de lubricación, les limpie el polvo y calme su sed de acción. Mientras tanto continuaré buscando cuál es la actividad deportiva que mantendrá sano mi cuerpo. Por ahora parece que correr unos kilómetros de vez en cuando funciona.

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