TITIRIBÍ









“En esta casa nadie será forastero...”
Manuel Mejía Vallejo
La Casa de las Dos Palmas 



He estado en Titiribí dos veces: la primera, hace treinta años, cuando buscaba encontrarme en una cita con la mujer que se convertiría en mi esposa; la segunda vez, hace unos días, con una mezcla de propósitos: conocer en persona a dos amigos con los que he venido haciendo ejercicios literarios; vivir el ambiente de donde sacan sus historias y encontrar algo que pudiera echar en mi maleta. Fue un encuentro de cuatro amigos, incluida una amiga cuentera que nos dio la bienvenida a su casa.

No puedo hacer una comparación entre lo que recuerdo en mi primera visita y lo visto la última vez, porque el objetivo que perseguía cuando era muchacho no me permitió contemplar el entorno. Era un domingo con un clima perfecto para la fiesta, un concurso de bandas marciales. El pueblo estaba lleno de gritos y carcajadas juveniles, pompones, vestidos coloridos; en cada calle destellaba el brillo de bronces muy frotados, se oía el fuerte golpe de los bombos y el repique de los redoblantes. Yo participaba como corneta mayor de una banda de barrio y la hermosa chica que me deslumbraba iba dentro de otra comitiva de su colegio. Fue un día luminoso, fugaz, que quedó dentro de mis memorias más preciadas.

En la última visita, al avistar a Titiribí desde Los Alpes, un mirador a tres kilómetros del pueblo, mientras el bus seguía una carretera estrecha y ondulante, aparecía ante mí, casi como una sorpresa, la gran montaña herida por una pequeña placa urbana. No recordaba que el pueblo tuviera una pendiente tan pronunciada. Las fachadas, las jardineras y los tejados de las casas por las que pasaba me hablaban de un pueblo con dificultades en medio de un paisaje exuberante. “¿De qué viven aquí?”, pregunté al amigo que me llevó a esas tierras. “Agricultura, algo de ganadería, minería de carbón e insisten con el oro”.

Ya en el pueblo, hospedados en la casa de nuestra amiga, nos actualizamos sobre las noticias locales. Titiribí es otro lugar donde el oro no compensa el esfuerzo de obtenerlo y genera, desde hace mucho, luchas por la dominación del microtráfico. Algunos chicos y chicas, apenas abren los ojos a las oportunidades, son arrastrados a las propuestas más arriesgadas. “Es triste que jóvenes que uno vio crecer tengan sobre sus espaldas crímenes tan grandes”, dijo, casi para sí misma, nuestra anfitriona.

El aguardiente y las cervezas desataron la tertulia, a veces exaltada, en la que se dejaron ver las preferencias políticas; también apareció el tema inevitable de la tecnología con la pirotecnia de sus innovaciones y la reflexión sobre sus ventajas y las implicaciones morales de sus efectos.

Mientras conversábamos, dimos una vuelta por el pueblo. No es equilibrado contrastar el recuerdo de un domingo soleado y bulloso con el paseo en una noche fría de sábado, inexplicablemente calmada. Quise contemplar la decoración florida de una fachada, las formas de una escultura en el parque que representan dos manos que se toman con fuerza, pero la oscuridad no ayudó. Nos fuimos a dormir temprano; una decisión que agradecí. Desde hace un tiempo, me interesa más lo que pasa en los atrios de madrugada que lo que sucede con la clientela en las cantinas a medianoche.

El domingo por la mañana, con el estómago aliviado por unos huevos revueltos, arepa y un chocolate con queso, nos enfocamos en los asuntos de nuestro taller literario. Para la reunión, nos desplazamos a la biblioteca de la casa, que era un mueble del tamaño de una pared con un desorden que atestigua un uso continuo y una mezcla de novela, cuento e historia. Revisar libros es para mí otro banquete.

La visita terminó. No fueron suficientes los recuerdos con mi novia y las conversaciones con mis amigos del taller para encontrar un cuento en Titiribí. Me fui de él hambriento de historias; de las leyendas de los famosos mineros; de lo que hablaban las cocineras, las mujeres con catorce hijos que mueven el guarapo caliente en el trapiche, con el recién nacido amarrado a la espalda; lo que vivieron los campesinos y arrieros tostados por el sol. Los fantasmas se perciben en el ambiente; caminan ascendiendo por caminos antiguos hasta los caseríos y sus palabras se escuchan mezcladas con el ruido que sale de las cantinas. Y es que en un pueblo así, el timbre de las copas llenas de aguardiente que chocan en un brindis resuena con los ecos de otros brindis que languidecen en el aire desde hace siglos.

Mis amigos cuenteros cazan esos fantasmas y hacen libros con ellos. Los envidio. Quiero, al menos, un cuento de Titiribí para mí; salir a caminar y cruzarme con uno de esos fantasmas. Debo saber más sobre el hombre joven que pasará cuarenta años en la cárcel; el otro que murió apenas transformó una gigantesca piedra de la quebrada en una escultura; las mujeres que reciben tan poco del trabajo fatigoso de sus hombres mineros; quién se empeña en pintar las mulas silenciosas, inmóviles en las paredes; las intrigas en la construcción del pintoresco teatro, con su arquitectura suspendida entre la simulación de algo extranjero, grande, y la evocación de algo más propio y pequeño.

Me marché dando las gracias, aunque sentí que eran insuficientes. Al pasar por Los Alpes, miré antes de que el giro en la curva sacara del cuadro al pueblo. La protuberancia blanca de la iglesia me reclamaba, casi en un grito. Paciencia. Volveré pronto, con mi maleta más dispuesta.

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