JARDÍN





¿Dónde está Abel tu hermano?
Gen. 4:9



   Es domingo, pasadas las cuatro de la mañana. El ambiente del parque está fresco, callado y apenas iluminado por los mismos globos tenues de hace un siglo. Aún hay ecos del bullicio de los bares y las cantinas que no dejan dormir a quienes persisten en vivir cerca. Bernardo llega al atrio de la iglesia y se para al borde de la escalinata que da al parque, donde, entre unas frondosas jardineras, están dispersas las mesas en las que, apenas hace unas horas, compartían centenares de locales y visitantes. El hombre levanta la mirada hasta la altura de las agujas plateadas de la iglesia y se queda así varios minutos tratando de adivinar algo. Sobre el arco frontal, desde su nicho ovalado en lo alto, el rostro encalado de la Virgen Inmaculada, iluminado por algún artificio moderno, le devuelve la mirada.

   Bernardo da varios pasos y se ubica cerca del arco principal. Sigue mirando hacia arriba; los cambios de perspectiva señalan un camino hacia las estrellas. Una roca del nicho a treinta metros se desprende y cae directo sobre el hombre, que la recibe en su rostro como si se tratara de rocío. Un ojo, fragmentos de cráneo y dientes se mezclan con trozos de la roca deleznable; una de las cien mil con las que se construyó el templo; una de las miles que acarreó el penitente más intrigante de Jardín, desde la cantera en Serranías. El hombre abre los ojos y observa que el fragmento letal que lo destroza está aún en el nicho. La fantasía que busca no se cumple a pesar de que cada madrugada se para en el sitio indicado esperando la piedra que le han prometido en un sueño. Observando bien, se da cuenta de que la Virgen se ha inclinado para verlo y reconoce en sus labios una línea severa.

   «Me acuso, padre…»

   Para Bernardo, después de más de noventa años contando los pasos de ida y vuelta entre la cantera y la basílica, los cambios que se han venido dando en el pueblo han sido increíbles. No puede decir en qué momento los rugidos de los motores reemplazaron el rebuzno de las mulas y el mugido de los bueyes; desde cuándo fue que el olor a cagajón y boñiga desapareció y, ahora, un humo negro, que finge ser etéreo, aleja los pájaros y entrecorta las conversaciones; con los pitos de los camiones, desaparecieron los “buenos días” de loma a loma; los piropos ingeniosos a las muchachas, que hace años soltaban carcajadas sin esfuerzo, tomaron la forma de una amenaza que se responde con caras perturbadas. Tampoco fue posible para Bernardo darse cuenta de cuándo la espera de su redención se tornó en una amarga frustración; una piedra imposible de acarrear; un purgatorio interminable.

   Bernardo observa los machetes reposados en el cinto de quienes toman café en el parque. En estos días son elementos ornamentales cubiertos de cueros multicolores; adornos inocuos; vestigios de una herramienta hermanada con el hacha. Ya se ha olvidado el zumbido de la hoja cuando se abre paso en el aire y termina con un golpe seco. Imagina el corte de las cañas que endulzan los paladares, que dan fuerza a los peones y cuyos jugos se transforman en el agua preciosa que gotea de los alambiques ocultos en los rincones más apartados de las fincas; machetes que socan los cafetos que bañan con fortuna a quienes se apoderaron de las tierras; machete que pone rosadas las nalgas de las mujeres infieles y vuela por los aires las narices y los dedos de los enemigos. Su machete, pensaba Bernardo, y se santiguaba, sí que supo zumbar.

   «Trae doce piedras de la Serranía, hijo…»

   «Trae quince…»

   «Trae, trae, trae…»

   «Virgen Santísima, no me desampares...»

   «Bernardo, hijo, ¿qué puedo hacer contigo? Por ahora, sigue trayendo piedras.»

   Bernardo recuerda cuando el cura le introdujo una línea pescadora por la garganta y le sacó en confesión, no sin esfuerzo, el pecado oculto. Nadie en el pueblo entendía por qué el penitente iba tanto a la cantera. Por qué se empeñaba en llevar las piedras más grandes y por qué su castigo continuaba semana tras semana, mes tras mes, hasta convertirse en años. Con su trabajo se hizo gran parte del frontis y, en su parte superior, el nicho donde más tarde se ubicaría la imagen de la Virgen Inmaculada. Cada piedra llegaba a las cercanías del templo en construcción empapada en sudor; cruces en las que se concentraba la esperanza de salvación. Quienes las ubicaban después en su lugar sabían bien cuáles eran las labradas por el pecador: perfectas en escuadra, cantos cuidados, escogidas y talladas con toda la intención de expiar las culpas más penosas.

   En estos tiempos, todo el mundo se ve alegre. Los colores y la música hablan de una fiesta permanente. El amarillo, verde y naranja cubren hoy el rojo y el azul que en la antigüedad dividían al pueblo. Era un tiempo en que el cura hacía lo mejor que podía con la mezcla explosiva que volvía imposible la convivencia; las labores de apaciguamiento se quedaban cortas ante la vertiginosa acumulación de los hechos: la bonanza del café que volvía altaneros a los espíritus más nobles; la inconformidad de los aparceros que crecía con el tamaño de las casas mayores, la intriga creciente de los liberales, la altivez de las mujeres, los machetes promiscuos, el abundante aguardiente que hacía que los hombres se olvidaran de Dios. Los grandes pecados de Jardín sirvieron para que se construyera una iglesia que no desperdiciara las lágrimas y la sangre que se desataba al final de cualquier discusión.

   En la madrugada de los domingos, mucho antes de la misa de cinco, cuando el sacristán, aún borracho, abre las puertas, entran al templo los ancianos más piadosos y encorvados, con sus orejas grandes y peludas. Caminan en silencio, despacio, esperando oír un susurro de la Virgen, pero solo oyen los tenues gemidos que salen de las bases de las columnas mayores y que atestiguan que el calicanto no fue reforzado solo con la sangre de bueyes, burros y mulas viejas.

   «Trae veinte, hijo…»

   «Trae, trae, trae…»

   Bernardo usó la lengua y las manos para alentar la tormenta de esos tiempos en Jardín. El sonido de su machete ejecutaba con presteza una melodía escabrosa. Sus pecados fueron tantos que su espíritu quedó atrapado en la ruta entre la cantera y el templo. Un día de agosto, haciéndose el desprevenido, dejó caer una roca sobre el cuerpo de su hermano. El mismo que había dejado sus trabajos en la finca para ir a ayudarlo a la cantera con una de sus penitencias.

   «Un penoso accidente.» Alguien escribió que un bloque pesado se vino abajo antes de tiempo.

   Pocas semanas después, Bernardo se casó con su cuñada, de quien enviudó rápidamente una vez que se hizo cargo de sus tierras.

   «Le juro, padre. No tuve nada que ver.»

   Bernardo espantó con maltratos a sus sobrinos, que aprendieron a odiarlo con devoción. Nadie supo cómo murió el penitente. Quizá fue consumido por la maleza que invadió el lugar donde vivía. Lo que sí se sabe es que, años después, su espíritu empezó a visitar el atrio de la basílica en las madrugadas. La Inmaculada le había prometido en sueños el descanso eterno, de la misma manera que su hermano lo había recibido en el solapado accidente de la cantera.

   Una mañana de agosto, cuando apenas había salido el sol, la estructura monumental de la basílica crujió tratando de venirse abajo; el pueblo se estremeció como en los relatos de la tarde del Viernes Santo. La Virgen Inmaculada, ubicada en lo alto del frontis, desprendió una de las piedras de su nicho y la lanzó con fuerza al atrio. Una vez se calmó la conmoción, un joven sacerdote salió tímidamente a examinar la extensión de lo ocurrido: vio los miles de pedazos en que quedó reducida la gran piedra que había caído desde treinta metros de altura. En el centro de los escombros, reposaba el cuerpo de un campesino peludo, mugriento y con unos pies tan maltratados y callosos que parecía que hubiera vagado sin descanso por cien años.

   «Virgen Santísima, no nos desampares…», dijo el cura, mientras levantaba la mirada hacia el cielo. Una cara blanca, muy seria, le devolvía la mirada desde las alturas.


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