MIEDO
"Todo aquel que aborrece a su
hermano es homicida..."
1 Juan. 3:15
La historia de una vida es sobre cómo se transita por ella a pesar del miedo, esa inquietud que nos tortura adoptando varias formas.(1) El miedo no nos desampara; nos acompaña al trabajo, o a visitar a nuestros padres los domingos o en las reuniones de amigos; se mete en las conversaciones con nuestras parejas e hijos, nos desea buenas noches a través de los teléfonos y, al levantarnos, nos da los buenos días. Y a veces, cuando viajas huyendo de uno terrible, te recibe al otro lado con los brazos abiertos a donde llegas.
La adolescencia de cientos de miles de personas en la Medellín de los noventas se dio en medio de los tiros y las esquirlas. El flujo de incidentes en la ciudad más violenta del mundo era constante: matanzas, bombas, amenazas. Y, sin embargo, los pasos de los jóvenes que buscaban los amigos continuaban levantando el polvo de las calles en los barrios; los negocios abrían; los colegios hacían exámenes a quienes pasaban las noches en medio de truenos, desvelados, esperando a alguien que no llegaba o en los funerales de un ser querido.
Como un trauma profundo permanecen en la mente colectiva de la ciudad los veintisiete muertos de la explosión en la Plaza de Toros; veintitrés por otra en el parque de San Antonio cuando se llevaba a cabo un bazar y, como sonido de fondo, el estallido continuo producido por los grupos que se disputaban los territorios. En el clímax de lo que pasaba, el líder narco cayó. La mano temible que señaló el destino de miles, que apresuradamente abrió la ventana y sostuvo el cuerpo robusto del hombre para que escapara, que disparó unos últimos tiros tratando de evadir a quienes lo perseguían, descansó inerte sobre un tejado.
La coraza protectora que usaba la gente contra el miedo era ignorar lo que pasaba; concentrarse a fondo en sus intereses y deberes.(2) En la radio, Montecristo repetía alguno de sus chistes. Un noticiero mencionaba la voladura de un oleoducto en lugar lejano, o se detenían en mil detalles sobre los resultados de los partidos de fútbol del domingo. El caso de Medellín no era aislado. Todo el país estaba en guerra.
De la ciudad de terror que era Medellín, queda muy poco hoy. La ciudad se sobrepuso a esa época. Ahora, incluso, las historias y leyendas que se generaron en los tiempos violentos alimentan un turismo creciente. El mundo tiene ahora muchos más referentes paisas que ese hombre tenebroso que quiso doblegar al país.
La situación de violencia y el escaso empleo han empujado a muchos colombianos a emigrar. Es muy posible encontrar un restaurante paisa o una arepa de huevo en los lugares más inesperados del mundo. España y Estados Unidos son los lugares con las mayores colonias.(3) Pero en muchos casos ese viaje no tiene nada que ver con cambiar de un lugar problemático a uno prometedor. La última ola migratoria, generada por los desequilibrios que llegaron con la pandemia, tiene en su interior una historia de terror. Otros fantasmas, otros depredadores que acechan.
Más de cuarenta mil personas pasaron en los últimos años por el Tapón del Darién con rumbo a México. Su extenuante caminata sufrió un impulso cuando avistaron los restos de alguien que quedó en el camino. Miles de kilómetros más adelante, en las heladas aguas del río Bravo, también vieron los cuerpos de los que fueron vencidos por la corriente o el frío. Pasar vivo al otro lado, pasando cerca del cuerpo hinchado, flotante, de alguien que no lo logró, se siente como una bendición.
Una vez en el territorio del norte, los que llegaron se emplean en jornadas de dieciséis horas para poder sacar la cabeza de los gastos asfixiantes, ahorrar un poco y recordar el tiempo en que los rendimientos eran mayores. Un enrarecimiento del aire se viene dando desde hace años: entre el óxido de cientos de miles de fábricas abandonadas crece un ser frustrado, rencoroso, que maldice cuando ve pasar un grupo de latinos. Sufre de un dolor por tiempos idos; empobrecido por efecto de una gigantesca desindustrialización que nadie vio venir. “Hay un gran reemplazo en curso que debemos resistir”, dicen en su canal favorito. EE. UU. está sufriendo una tormenta de miedos en que se mezclan el de quienes se les escapan sus privilegios y el de quienes, buscando un sueño, se han encontrado con una pesadilla.
Es curioso que, como en la Medellín de los noventas, en EE. UU. hoy hay una mano que señala quién se va y quién permanece. En medio de los señalados que deben irse están los paisas; fugados de una ciudad que fue monstruosa. En todo el territorio estadounidense, decenas de millones de latinoamericanos trabajan con la ansiedad de ser capturados y deportados en cualquier momento. Son como los venados que pastan con el ojo y el oído atento al asalto del depredador.
En los últimos meses, muchos latinoamericanos son perseguidos por la policía migratoria. Las personas capturadas son encerradas en lugares temibles durante el tiempo que se completa el proceso logístico de retorno a su país. Las rondas de la policía migratoria en los pueblos generan terror y vuelven las calles desiertas por varias semanas. El clima para los migrantes se ha vuelto de hostilidad máxima, lo que incentiva el retorno de miles a sus países. Colombia de nuevo tendrá que absorber a una población que llega a competir en oportunidades escasas.
¿Qué fue de los jóvenes que se enfocaban en sus deberes cuando Medellín ebullía en violencia? Pues que ahora son viejos. Sufren con la colección creciente de fantasmas de familiares y amigos. Su miedo se siente más fuerte ahora que no se deben solo a sí mismos. No sienten ira, ni asco ni envidia. Sienten el miedo mismo, puro, desnudo, descarnado; tembloroso; una fuerza que, cuando está contenida, destruye el hígado, espanta el sueño, despedaza las muelas y se toma los párpados con palpitaciones.(4)
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(1). No hablaré del miedo como un atributo evolutivo que nos trajo al presente desde hace millones de años; los fantasmas de hoy son los depredadores nocturnos que acechaban y hacían desastres en las peligrosas noches de luna nueva de la remotísima antigüedad. Tampoco abordaré el miedo como mecanismo de manipulación política o religiosa.
La filósofa estadounidense Martha Nussbaum señaló tres tumores purulentos: la ira, esa descarga energética que nos hace creer que estamos en control de la situación; el asco, donde surge el tratamiento afectuoso que acostumbramos dar al prójimo y la envidia, la cualidad humana que, a la vez que moviliza la economía, amarga el espíritu.
Admiro mucho a Martha Nussbaum. Es una amiga que no sabe que lo es. Si viviéramos en el mismo vecindario, la saludaría animadamente cada que coincidiéramos. Tan animado sería el saludo que despertaría inquietudes: «¿Quién es ese tipo tan efusivo, querida?». Ella mirará a quien pregunta, asombrada por el ridículo: «Es un entusiasta que ha leído algo de lo que escribo, Alan. Nada más.»
(2). Amenazo con un fuerte cambio de tema, pero es importante señalar cómo la vida buscaba desarrollarse a pesar de que el ambiente era tan peligroso. En medio de todo lo que pasaba esos años, yo iba a la biblioteca piloto cada quince días, a algún trabajo o a la universidad. Salía de la biblioteca con la mochila llena de provisiones. Estaba concentrado en la tarea de devorar lo escrito por Hesse, Camus, Dostoyevsky, Sagan, Vargas Vila, Nietzsche y otros autores. También se me iban las noches escribiendo en un diario poemas lastimeros, gritos de dolor sobre por qué el mundo no giraba en torno a mí. Casi todo lo que había en la biblioteca sobre esos autores pasó por mis ojos. Me paraba un rato en el anaquel y mentalmente aplicaba una lista de chequeo.
Recuerdo especialmente que, pasando la mirada por los libros, me encontraba con un título: X representa lo desconocido de Asimov. Muchas veces me detuve en él, pero no me parecía más atractivo que el plan de lecturas que llevaba. Hasta que algún día, impulsivamente, lo eché en la mochila. Desde ese momento caí en el foso de la divulgación científica y la ciencia ficción. Fueron años de lecturas vertiginosas e intensas, trasnochos deliciosos, inmerso en mundos y situaciones novedosas y reflexiones profundas.
Ahora las lecturas son más pausadas e intermitentes, pero aún son un eje fundamental de mi vida. En esencia, soy un hombre que lee todo el tiempo. Más allá del papel o la pantalla, estoy en una continua lectura de lo que vivo y me rodea. Lo que no sabía en esos tiempos era que las innumerables descripciones que leí sobre otros lugares y mundos me harían más abierto y curioso para visitarlos en el futuro.
(3). La primera oleada de migración de colombianos se dio en los años sesenta, impulsada por la actividad petrolera en Venezuela. Sin embargo, la situación de ese país cambió tanto en los años recientes que tres millones de venezolanos llegaron a Colombia. La economía del país absorbió esa cantidad de personas, pero en el proceso mostró una cara xenófoba no conocida hasta entonces y que, siendo Colombia también un país de migrantes, no responde a ninguna lógica.
Es posible la escena de una señora mayor en Colombia que se hace una manicura de altísima calidad a muy buen precio. El servicio se lo presta una mujer venezolana recién llegada que pule con esmero cada dedo de su clienta. La orgullosa señora levanta la mirada y siente horror al ver cómo todo el salón está lleno de chamos. Al final del servicio, la clienta paga la cuenta haciendo malabares para no estropear sus uñas y lo hace con dinero que le ha enviado un familiar desde EE. UU.
(4). «¡Martha…!»
«Es tarde, Alan. Deja dormir.»
«…júrame que el tipo de la tienda solo es un entusiasta de tus libros.»
