HOY
Félix vomita de nuevo. Metido debajo de la cama, lucha por expulsar un tormento de dos meses. Hace frío y aún no son las seis, reconozco el sonido de las últimas arcadas. Resignado, salgo de las cobijas y me doy cuenta de que lo ha hecho justo en el punto medio donde es difícil llegar. «No importa. Por tí lo hago mil veces», digo mientras una humedad babosa se absorbe en el papel mojando mis dedos. Mi peluche tibio se volvió un costal de huesos. Del ser adorado de muchos años no quedan más que las fotos de Instagram. Me mira fijo con unos ojos que le pesan. Es bien grande, líquido y fétido lo que ha expulsado. El rebelde, que no acepta bajo ninguna condición o engaño las pastillas, que rechaza los brebajes, y que prefiere hacerse matar a aceptar algún tratamiento, decidió expulsar sus vidas de a poco. El peludo vomitón ha ido a acomodarse en su canasta de la terraza para fantasear con que atrapa a un pájaro despistado. Cuando paso para la cocina, levanta la cabeza y me envía una invitación telepática, un consejo de libro antiguo, una lección dolorosa para el alma basada en la pérdida inminente de un amigo. Le respondo en silencio mientras el aroma a café se toma el apartamento y veo su rostro oscuro y orejón que me mira fijo: «Tienes razón, gato, vivamos este día como si fuera el último».
