MONY




   Desde muy joven, Mony, he tenido que encontrar fuerzas para permanecer a flote. La madrugada en que me deshice del obstáculo que me atormentó varios meses fue mi iniciación: lo empaqué en varias bolsas y lo tiré en los contenedores. Algo en mí sentía las miradas desde las casas, pues mis vecinas estaban pendientes de cuanto ocurría en las calles. Fueron largas las horas en que escuché cómo llegaba el camión de la basura: las canecas arrastradas o tiradas, las voces y las carcajadas de los operarios, el ladrido de los perros. Al escuchar el zumbido de la prensa del carro imaginé mi sangre mezclada en el líquido negro que chorreaba al pavimento. Cuando esa ruidosa coreografía desapareció en la distancia dejando las calles en silencio, supe que podía hacer lo que quisiera.

   Desde ese día, la abuela no volvió a dirigirme la palabra. Mi madre, entretenida en su trabajo y sus novios, ni se enteró. Era una mujer concentrada en sí misma que durante la semana llegaba tarde y salía temprano; los domingos permanecía en su pieza hasta que salía de nuevo el lunes. Desde que la abuela murió se volvió más intratable. No había mercado; el polvo y la basura lo decoraban todo en la casa. Era también el tiempo en que el colegio acababa y quedé muy desubicada. Fue cuando tomé la decisión de irme. Estuve varios meses yendo de un lado a otro, como un globo de fiesta cuando se desprende del decorado, y me fui lejos, Mony. Mi madre no lo creía. Durante mucho tiempo pensó que estaba puteando en los pueblos cercanos y atendía mis llamadas solo para presionar por un giro.

   Fue por esos meses que coincidí contigo en la cafetería de la Bayer, en New Jersey. Nos hicimos amigas de inmediato. O eso quería yo con todas mis fuerzas. Cada vez que te veía, Mony, sentía una presión en el pecho que algunas veces me ahogaba. No olvido tu actitud abierta cuando nos cruzamos en los casilleros: te tomaste el tiempo de buscar uno libre para guardar mis cosas; me trataste a la primera como si fuera tu hermana. Me impresionó el dorado brillante del cabello que enmarca tu rostro. Tu estatura imponente, tu caminar rítmico y esa energía infinita con la que te desenvuelves. Nada parecido a la amargura que opaca mi vida y cubre de sombras lo que toco. Han pasado tantas décadas y siento lo mismo ahora que te veo postrada y pálida en este hospital. Pero nunca pierdes el brillo, perra. Es que hasta la luz que entra por la ventana te lo presta ahora que te falta un poco.

   Con los meses vi claro el camino de mi vida: obtener los papeles de residencia, aprender de los computadores y soltar la lengua para el inglés. Te burlaste de mí cuando te lo dije en alguno de los descansos. Es verdad que parecía ingenuo. Lo que no te dije es que sabía cómo transitar el camino. Es como un don que tengo: las ideas me salen con manual de instrucciones. Ya hacía semanas que James se ponía rojo con mis coqueteos. Ese ingeniero de sistemas bajito, mueco y mal vestido se moría por mí. Sabía que me ayudaría con mis propósitos. Poco después me invitó a una cita. No preví que fuera tan tímido. Resultó más fácil de lo que me había imaginado: en dos meses ya era su esposa; dos años más y aprendí Office, era muy buen profesor; aprendí inglés y recibí mi residencia, todo sin que el tonto me tocara un pelo.

   Ahí fue cuando la jefa me pasó a llevar los inventarios y conocí a María, la contadora. ¿La recuerdas? Era una mujer callada y distante, enfocada en su trabajo. Al comienzo pensé que le caía mal, pero con el tiempo me di cuenta de que era una actitud para mantenerme alejada de su secreto. Luego me la fui ganando debido a su debilidad por las galletas. Yo había aprendido a hacer unas de mantequilla que reclamaba cuando no las llevaba. Con el tiempo empecé a ayudarle con sus papeles y a llevarnos bien. Un día me contó que estaba casada desde hacía tiempo con el hijo de la jefa, pero eso era algo que no debía saberse en la empresa.

   La oportunidad que estaba esperando hacía varios años llegó, Mony. María me recomendó con la jefa para que cuidara su puesto mientras ella tomaba las vacaciones. Hasta ese momento hablaba de vez en cuando con la señora Gloria, una paisa veterana bien conservada, elegante y que administraba con el estilo de una madre superiora. Desde esos días en que María se fue a su descanso, empecé a hablar con más frecuencia con la señora. Fueron semanas de mucho trabajo en las que, mientras hacía las labores de inventario y contabilidad, me aseguraba de que las vacaciones de María duraran bastante. En alguna de las pocas conversaciones con la jefa, preguntó sobre dónde había aprendido contabilidad. Con aire de confesión, ese que me conoces para hablar en detalle de cosas que no se le pueden decir a nadie, le dije que María me había encargado las actividades de contabilidad desde hacía tiempo, mientras ella chateaba con el novio. Para dejar bien entendida mi ignorancia, me alegré de que tuviera un amigo con quien compartir, porque la notaba muy sola y desdichada. ¿Recuerdas cómo celebramos mi ascenso a contabilidad, Mony? Tus ojos verdes casi explotan por el asombro sobre lo que te contaba. Se me parecen mucho a esos ojos que tienes ahora que estás inmóvil, amiga, moribunda en esta pieza helada.

   La alegría que sentí en esos días se me amargó al verte tan feliz a la salida del trabajo tomando el carro del hombre que te esperaba. Me parecía injusto que una lavadora de trastos fuera más feliz que yo, por más agraciada y de sonrisa bonita que fuera. Yo había dejado a James hacía rato y él había cambiado de trabajo, por lo que no tenía que sufrir la molestia de ver su cara horrorizada.

   Con los cambios en mi vida pude volver a Palmira. Visité a mi madre, que no sabía dónde ponerme. Le alegró que llegara un huésped a contribuir con ingresos verdes para la casa. Estando allá, escuchándola hablar sobre cosas que no entendía y no me interesaban, no supe explicarme a qué volvía. Las calles viejas del barrio no me trajeron buenos recuerdos hasta que me encontré con Rosa, una vieja amiga del colegio. Estaba en el atrio de la iglesia esperando al esposo, el hombre alto y de muy buena presencia que había tocado hermosamente la organeta en la misa. Nos fuimos a tomar café, a actualizarnos de años de vida y, mientras Rosa me contaba su historia, hacía esfuerzos por no mirar al hombre guapo y elocuente que se reía con nosotras. «Este hombre tiene que ser mío», me dije ese día.

   Me traje a Rosa a vivir en mi casa en New Jersey. La vida en Colombia sabes que no es fácil. Tú no la conociste: una mujer muy capaz. Le conseguí empleo e hizo la solicitud de asilo. A Nicolás le presté lo suficiente para que terminara la universidad. ¿No te había dicho que el esposo de Rosa se llamaba Nicolás, cierto? En cosa de un año Rosa estaba bien adaptada. Salíamos a comer, a conocer pueblos, a divertirnos en bares, y algunas veces se nos iba la mano en esos lugares ruidosos donde los mexicanos se enloquecen con las colombianas accesibles.

   Sin darle mucha información a Rosa, viaje a Palmira de nuevo. Nicolás tocaba la organeta en la misa de las siete, el domingo. Lo esperé en el atrio. Se sorprendió con mi presencia y nos saludamos cálidamente. Fuimos a desayunar a una panadería del parque. Lo felicité por lo bien que tocaba. En eso fui muy sincera. Me estremecía lo que hacía con ese aparato, imaginándome lo que me podrían hacer esos dedos largos. Me contó lo bien que le estaba yendo en la universidad, agradeciendo cada tres frases lo que yo estaba haciendo por ellos. «Rosa no te merece, Nicolás», dije involuntariamente. Tu sabes, Mony, mi arte. Esa frase fue como si activara dentro de mí un encendedor. Algo debió percibir el hombre, porque lo arrastré desde ese momento. No recuerdo cómo terminó la conversación, si pagamos el desayuno en la panadería o no. Nos montamos en un taxi con una sensación de urgencia, con la organeta apenas acomodada en la parte de atrás del carro. El conductor, con muy pocas palabras, como un caballo que sabe de memoria el camino, nos llevó hacia uno de los hostales que hay por la vía a Candelaria.

   Rosa casi se muere. Se puso tan delgada y débil que apenas se sostenía. Eso no estaba en mis planes, pero qué se iba a hacer. Yo estaba feliz con Nicolás sentado en el sofá de la sala en mi casa y acostado a mi lado en la alcoba, así no fuera tan fogoso como me lo imaginaba. En muy pocos meses entendí que estaba conmigo solo por el préstamo de la universidad. Como si tuviera la esperanza de que en algún momento me ablandara y le dijera: «Mi amor, dejá la cosa así.» Fue por esos días cuando te ví alegre, radiante, acompañada de tu hombre, llevando un carrito de bebé precioso, de esos grandísimos que importan de China y se doblan en mil partes para meterlos sin mucho esfuerzo en el carro. Maldita lavatrastes, ¿cómo hacías para ser tan feliz?

   Algo se rompió con Nicolás que sumió en el hielo nuestra relación. Sospecho que el tonto sufría por la culpa de lo ocurrido con Rosa. Por esos días, me crucé con el padre de mi futuro hijo. Lo vi sentado en una tienda arrullando a un bebé. «¡Usted me parece tan lindo con ese bebé!», le dije, sin reparar que alguien estuviera cerca. No habían pasado seis meses y logré quedar embarazada. El servicio fue satisfactorio, pero más costoso de lo que había supuesto. El tipo me había pedido una bicicleta, pero no supe, sino hasta el momento de comprarla, lo costosas que son algunas. Como viajaba con frecuencia a mi tierra en esos días, manejé la versión de que el sietemesino era producto de una violación en una fiesta. Solicité dos sesiones con psicólogo. Nicolás no hizo preguntas. Pareció entrar un tiempo en la misma actitud muda que adoptó conmigo la abuela.

   Ahora, con los años, tenemos una relación más relajada. Logré animarlo para un proyecto que aprovecha su carisma musical y religioso: estamos fundando una iglesia donde él será el pastor. Me aburro con las misas los domingos y creo que hay más motivación para dar gracias a Dios cuando el dinero circula por donde uno está. La fe del cura no es de la misma naturaleza que la de los feligreses que pagan los diezmos. Las primeras asambleas han resultado todo un éxito. La idea me la dio una vieja a la que le asistí en su muerte hace unos meses. Ah, porque sí, a eso me he dedicado estos años, también. Después del trabajo, los viernes, vengo a este hospital a acompañar a enfermos solitarios que están muriendo. Esas personas reciben muy bien el consejo sobre qué hacer con sus bienes. A algunos les he dado un empujoncito para que no sufran más. Fue muy sorprendente encontrarte aquí, Mony. Nadie sabe sobre tu familia, pero yo sé bien quién eres. ¿Quieres que te ayude con algo, antes de irte al más allá, maldita perra, maldito duende?

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