CONSERVAR LOS FANTASMAS
"Bienaventurados los que no vieron, y creyeron."
Juan 20:29
Siempre me han llamado la atención las reliquias. Esos objetos llenos de significado que sobreviven el paso del tiempo. Son un lazo con el pasado que tienen capacidades que, más allá de la polémica o la estadística, mueven voluntades. Y no solo son objetos expuestos en santuarios donde las multitudes hacen largas colas, también están en la mesa de noche donde cada uno, en silencio, suelta un suspiro.
Cuando pienso en reliquias, se me vienen a la cabeza las innumerables que se guardan en las iglesias católicas del mundo. No se me ocurren los dientes de Buda que reposan en varios santuarios; ni las túnicas de Mahoma; o uno de los setecientos mil objetos relacionados con Confucio que se guardan en el museo en Qufu y que honran la fascinación china con los grandes números.
Las reliquias católicas, lo que significan o pretenden, me son más cercanas. Me divierte pensar en algunas que podrían existir, si la competencia desbordada que hubo en un tiempo por tener una les hubiera dado oportunidad. Si existen más de treinta clavos que fueron usados en la crucifixión, si hay imágenes de yeso que lloran y otras que sangran, quiere decir que pueden aparecer otras, solo por el acto de que alguien haga las gestiones de fe que correspondan.
Se me ocurren nuevos objetos de veneración, o por lo menos que llamen a las multitudes curiosas a pagar una entrada. Soy consciente de que con algunos se deben hacer esfuerzos importantes en combatir las copias: Sal granulada proveniente de la mujer de Lot, que por alguna razón tiene similitud con la sal rosada que exporta Pakistán; la piedra en que se tropezó el ángel caído; una pluma del arcángel San Miguel, obtenida en el campo donde se enfrentó con alias Satanás y sus muchachos; aceite de la ballena que se tragó a Jonás; migas del pan de la última cena, encontradas en el bolsillo de Judas, el ahorcado; y aretes de la esposa de Job, que misteriosamente no moría mientras todo alrededor del hombre se derrumbaba.
Como se puede notar, la historia da para una lista interminable. Todas estas ideas comparten el espíritu que tenían los antiguos mercaderes de cálices, sudarios, espinas, cabellos, huesos, astillas de la cruz y documentos. No dudo de que, luego de un trabajo de promoción juicioso, aparezca alguien interesado en pagar una suma importante por hacerse con alguno de estos objetos.
Sin embargo, en la despreocupación por la exclusividad que tenían quienes compraban esos objetos en la antigüedad, hay un mensaje que va más allá de la falta de confianza en la originalidad. Para gozar del chiste es necesario dejar de lado lo que está en el fondo. Lo que la historia de las reliquias enseña es que no tienen que ver solo con la verdad. La imagen retocada con filtros de Instagram de un ser querido no vale menos. Así como la escultura cabezona de Bolívar que hay en el parque de Sabaneta, en Antioquia, cumple bien su función simbólica. Imagino que hay muchas otras respetables imágenes inexactas en todo el mundo. Son objetos que nos ofrecen una muestra tangible de un viejo relato; satisfacen una ansiedad primaria que, de no existir, amenazarían con la permanencia de la historia y dejarían nuestro interior vacío. Las reliquias evitan que los fantasmas se dispersen en el tiempo.
Por eso mismo, ahora que estoy lejos del entorno al que pertenezco, hojeo el libro que me regaló un amigo; observo la pequeña fotografía familiar que me acompaña y que puse cerca de mi cama; me pongo religiosamente la pulsera o la ropa que me regaló mi familia, excepto cuando voy al trabajo, no sea que se estropeen. Lucho porque el tiempo no trivialice los lazos frágiles que tengo con los que amo; que no extinga a mis fantasmas.
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