LA MUERTE DE DIMAS

En un viaje a Lima, muy en la tarde de alguno de los apretados días de correría, tuve oportunidad de ir a una de las plazas de artesanos ubicada en Miraflores. Las tiendas rápidamente me saturaron con la repetición de las propuestas; algunos de los puestos combinaban la exhibición de las obras con un pequeño taller donde puede verse al artesano haciendo su trabajo. Esa parte de la artesanía siempre me ha llamado la atención: un hombre o una mujer en el trance de creación; haciendo la secuencia de movimientos que producen al final un tejido, una joya, un cuadro... es hermoso. En medio de una de las contemplaciones de los artesanos, llegó un mensaje claro a mi mente: “¡eso es novedoso!”. En ese momento mis ojos estaban fijos en una carita de gres rústico tan bien lograda que mis neuronas espejo me produjeron el dolor que representaba. Sus grandes ojos llorosos con sus cejas perfectas tiradas al centro; su boca con labios delicados y morados en mueca de sufrimiento; la frente sangrante rodeada con una punzante corona. ¿Cómo podía lograrse tanto con un material tan burdo? Pero no era el deleite acostumbrado con este tipo de imágenes religiosas lo que me embargaba. Los detalles seguían a medida que recorría la pequeña figura con mis ojos. El torso maltratado hacía una curva como la de aquel que quería librarse del suplicio, pero las manos y pies estaban clavados en un madero rústico fijando con su indiferencia aquel pequeño cuerpo. Y un esmero encantador en las manos y pies desproporcionadamente grandes, representados perfectamente por quien conoce todos los ademanes que en aquellas partes del cuerpo puede producir el sufrimiento. Era tan elocuente su geometría que si sólo se pudiera tener una mano, se tendría la imagen de lo que toda la figura estaba representando. Las piernas estaban cubiertas con una falda con adornos al estilo de...
 
... el Señor de los Milagros, muy venerado aquí...  me dijo el artesano. 

Eso me recordó lo que uno puede ver en Buga, Colombia, aunque la figurita no tenía ese contraste chocante entre el cuerpo torturado y sangrante y el lujo de una falda impecable con detalles dorados y joyas. Todo estaba montado en una cruz de madera que desentonaba completamente con el logro que se había obtenido con la arcilla, pero me pareció una ventaja que podía aprovechar y entré a negociar el tesoro artístico que había encontrado.


Le pedí al artesano —o más bien en aquel punto de mis percepciones: el artista— que lo envolviera muy bien, y le di contexto del largo viaje que el crucifijo iba a tener en unos pocos días.

De vuelta a Colombia, decidí llevarlo en la mano, para protegerlo mejor de los golpes. Cuando llegué lo primero que quería hacer era abrir mi precioso paquete. Le conté a mi señora el detalle de todas mis sensaciones en la plaza de los artesanos en Lima mientras iba retirando la gran cantidad de periódicos con la que habían protegido la figura. Al momento de descubrirlo, el concepto fue terminante:

Eso no es un Cristo, parece más bien uno de los ladrones...

Obviamente, donde yo veía un logro artístico, mi esposa veía una versión deformada de las imágenes que por décadas salieron de los talleres de Olot, en España, y están fijas en nuestras mentes. Nunca se me ha quitado de la cabeza que en ese momento quedó marcado el destino de la novedosa figura. Casi tres meses después estaba vuelta pedazos al caerse por el roce con alguien en medio del clímax de una fiesta. Ni siquiera pudo recuperarse una mano.

Esa carita impresionante vuelve a mí en cada momento. Como si hubiera estado viva. Lo sucedido con la figura era una buena metáfora de cómo se trata en el relato tradicional a los ladrones del Gólgota: como esos personajes secundarios de las películas que aparecen para ser muertos en la escena siguiente. Quizá era verdad que uno de esos fugaces personajes del evangelio era el que había logrado quedar representado en la figura y que aún seguía vigente el castigo que debía de pagar, además de la cruel crucifixión, y era continuar siendo una imagen pasajera en la historia.

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