PODOMANCIA
Al leer en la orden, Juan José, tuve la sensación de que el próximo cliente era alguien conocido. No es la primera vez que pasa. Para los que habitamos las regiones multicolores de la magia, hay quienes son conocidos desde antes de verlos por primera vez.
Adivinar es más excitante en estos tiempos: un pliegue sugerente en la planta de un pie puede ser complementado con una radiografía; un rostro dice más cuando se considera lo que hay en su Instagram; una callosidad se entiende mejor con una plantoscopia. Disfruto eso. Me deleitan las imágenes, me sorprenden sus alcances, lo que surge de la observación aguda de un rostro, de un gesto, o mis preferidos, los pies. Aunque, a veces, cause dolor asomarse a la vida de los otros sin consentimiento.
Veinte años trabajando como auxiliar en una clínica podológica me han hecho una mujer afortunada. Entre desinfectantes, aceites, algodones, guantes y equipo esterilizado, examino los pies desnudos. Es lo esperado. Un procedimiento médico, pero, a la vez, mi secreto: la oportunidad de conocer sobre lo que dicen las formas externas e internas de lo que presentan los clientes una vez se extienden sobre la camilla.
Me impaciento. Me adelanto a las historias. Me gusta observar a la distancia lo que traen los clientes cuando vienen buscando el cubículo. Cuando aparecen al fondo del pasillo, el sistema ya me ha dicho de quién se trata, el nombre, la edad, dónde vive, a qué se dedica... Nunca, ni cuando la jornada es agotadora, pienso que se trata de “El siguiente”. Quien camina por el pasillo es una nueva historia. Una que viene a ser parte de la colección que alimento desde hace décadas. Y aparecen, con sus pasos particulares, ofreciendo las primeras pistas: si avanza amenazante o entusiasta; si se balancea como sobre un bote, si danza o flota. Este que recuerdo ahora, Juan José, que llegó a la hora del último servicio de la tarde, caminó hacia mí recto y veloz como una flecha. Cuando nos saludamos, ya estaba atragantada con un montón de preguntas.
Juan José, en posición supina, expuso sus pies en la camilla después de humedecerlos por unos minutos en agua. Confirmé con él sus datos y dispuse el instrumental. Eran pies robustos, con un segundo dedo que hablaba de un carácter problemático. Pies adultos que alguna vez fueron bellos, con señales de un maltrato reciente. Con ambas manos los tomé por los empeines y pasé mis pulgares desde el talón, pasando veloz por el mediopié; subí por la línea entre el cuarto y quinto metatarsiano y, al acercarme a los dedos, crucé, terminando en la cabeza del primero. Mis manos firmes registraron un leve estremecimiento.
“¿Qué es lo más extraño que has visto aquí?”, preguntó Juan José con una voz cercana que intimidaba, mientras yo iniciaba con el corte de las uñas. Sin soltar el dedo en el que trabajaba, levanté la mirada para observarlo en toda su extensión: moreno, un poco pálido y amarillento, limpio, mayor. Me miraba con el énfasis de su pregunta en unos ojos pequeños. Lo que veía era la confirmación de lo que recordaba del pasillo, pero el tono de su pregunta hacía que pareciera distinto. No lo hacía de una forma normal. Él, que preguntaba por los demás que llegaban, era lo más extraño que me había pasado en años: una historia que reclamaba por otras historias; un mirón de vidas que venía a robarme alguno de mis hallazgos.
A pesar de mi prejuicio, accedí a darle algo a aquel espíritu hambriento. Le hablé del caso de un diabético al que se le rompía la piel al menor contacto. Olvidando mi resistencia inicial, le hice una descripción tan detallada de lo ocurrido en ese servicio que podía sentirse en el cubículo el olor de las úlceras gangrenadas.
El cliente soltó un suspiro que terminó en un silencio salpicado de los pequeños chasquidos que producen los cortes y del contacto del instrumental cuando se toma o se descarga en la bandeja. Hidraté un poco más los pies con aceite, visitando de nuevo la planta de los pies, pero esta vez hice la exploración en uno y luego en el otro, juntando mis pulgares. Al pasar por la zona que corresponde al tórax en el pie derecho, confirmé el estremecimiento.
“No creo que eso sea lo peor”, me dijo el cliente. Lo que decía era verdad; siempre puede haber cosas peores esperando a la vuelta del segundero. Juan José quería obtener otra escena; una que lo impresionara profundamente. La que estaba viviendo conmigo en el cubículo no le parecía suficiente.
Aprovechando que lo masajeaba con un aceite mentolado, le hablé de un procedimiento reciente con un paralítico. Describí cómo le corté las uñas que parecían de madera y que se habían dado vuelta, enterrándose en sus pies, lesionándolo profundamente. El hombre no sentía dolor. Sus pies inertes no respondían a nada. Estaba como muerto de la cadera para abajo. El frío de sus pies lo confirmaba y ese frío intenso debió sentirlo Juan José, porque en un momento quiso retirar sus pies de mi alcance.
Juan José miró al cielo raso, reflexionando sobre lo último. Mi trabajo ya había terminado. Yo ponía en orden algunas cosas para facilitarle la limpieza a quien llegara dentro de poco.
“Debe haber una mejor”, dijo, y entonces, la punta de la flecha que había visto en el pasillo, sus ojos, penetró en mí. Solté lo mejor que tenía para él en mi colección. Le devolví la mirada punzante; me la sostuvo, expectante. Le hablé sobre lo mucho que él había hecho sufrir a su madre; la razón por la que nunca pudo reponerse de la traición de su esposa; sus adicciones; las marcas que dejó en su cuerpo el fracaso en un viaje reciente y el poco tiempo que le quedaba en este mundo.
“Esa estuvo buena”, dijo, casi en murmullo. Se quedó quieto mirando el cielo raso unos segundos. Por un momento pensé que iba a empezar a llorar. Se levantó como un resorte; se calzó en silencio y se fue sin despedirse. Escuché los pasos que se desvanecían al irse por el pasillo; el eco lejano del breve intercambio con el portero en la salida; el ruido de los carros, que entra cuando se abre la puerta, y cuando la cierran, la prisa de varios auxiliares que se preparan para irse. Yo también organicé mis cosas y salí del consultorio sintiéndome pesada. Ese día había ganado unas buenas historias. Cojeando, me dirigí a la parada del bus.
