DICIEMBRE 17 DE 2017
Una entrada en el diario, en el que hacía décadas no escribía, es una buena forma de terminar una jornada llena de situaciones inusuales. Un día en el que estuve exigiendo a mi mente con recuerdos que, por viejos, no se distinguen de las fantasías en las que soy protagonista. Hoy compartí con excompañeros del internado, algunos de ellos no los veía desde hace más de treinta años, y esta experiencia se sitió como un viaje en el tiempo en dos direcciones:
En la más obvia, fue remontarme al tiempo de mi pubertad, mientras estaba en el seminario menor en la pequeña y alejada Itsmina. Un tiempo marcado por las situaciones de un niño divergente en un ambiente severo. A mi mente llegan, entre otras, las imágenes de las bartoleadas, castigos que buscaban avergonzarme ante los demás por los actos de indisciplina, pero que por lo frecuentes resultaban alimentando mi cinismo; la Tarpeya donde botando la basura encontré unas excelentes ruedas que sirvieron para armar los divertidos carros que al final resultaron metiéndome en problemas; me llegan imágenes de las clases y las misas en latín, una segunda lengua para la que seguramente sí hubiera sido bueno, y de las que aprendí tanto español; los partidos de fútbol varías veces al día que me enseñaron que mis habilidades estaban en otra parte; los cantos destemplados que emitía y que me frustraban después de tanto esfuerzo; las confesiones de los mismos pecados mortales cada ocho días y sobre las que al final iba cambiando versiones para que mi confesor viera progresos; como cortos, veo en mi mente las verdosas aguas de la piscina que tanto disfrutaba a pesar de que estaba acabando con mis tímpanos; las grandes enciclopedias que devoraba mientras perdía materias y con las que se me iba el tiempo admirando los torsos desnudos de las bellas mujeres representadas en las pinturas clásicas; la alta humedad en la, se decía, segunda región más lluviosa del mundo, que marcaba mis ropas con pequitas negras; mis compañeros diversos de los que aprendía montones y a los que falté tanto a la caridad; las fiestas en las que era permitido cogernos a correa con los otros y jugar con bolas de fuego; las deliciosas horas tocando “la gata caliente” en el armonio de la capilla y que enfurecían a monseñor por su sonido mundano; los paseos a las poblaciones cercanas donde conocíamos las realidades de los chocoanos, los grandes ríos y la selva espesa que para mi imaginación tenía más serpientes y tarántulas de lo que es posible. Tengo una conexión muy fuerte con ese internado en el que estuve tres años, tanta que es probable que mi espíritu haya sido visto corriendo por los pasillos de ese edificio, se hayan escuchado mis gritos, mis carcajadas, y si hubiera alguien suficientemente sensible y desvelado, vería en las madrugadas lluviosas caer un delgado chorro de orina desde el dormitorio del tercer piso al patio del Salve Regina.
Compartir con mis excompañeros también es un viaje en el tiempo a hoy. Porque de alguna manera vivimos con una imagen de uno mismo quedada en el pasado. Observar a mis excompañeros con sus cambios y escuchar sus abundantes relatos, me da una certeza que el tiempo pasó también para mí. Es como si me hubieran cambiado el espejo, y todo lo que he vivido se ordenara cronológicamente para dejar clara constancia del punto donde estoy en el viaje de la vida.
Es paradójico que hoy, diecisiete de diciembre, viviera tan intensamente lo que hacía treinta y cinco años atrás: poner mi mejor voz para no ser despedido del coro; como si el eterno retorno jugara ensayando versiones de las mismas situaciones con otro nivel de desgaste de mi cuerpo. Víctor bromeaba con lo que sería la novena en otros treinta y cinco años, y yo pensaba que si sobreviviera ese tiempo, y la fortuna nos uniera en una nueva y repetida novena, la otra inesperada entrada a este diario trataría mucho más que de los recuerdos sobre un niño. Sería la historia de unos hombres especiales que aceptaron apartarse por unos momentos de su cotidianidad; que vencieron las corrientes sociales que los alejan y continuaron estrechando sus manos durante toda su vida como amigos.
