¡HOLA, CÓMO ESTÁS!





Algunas cosas son tan oscuras que ¡ay de la luz que brilla sobre ellas!

Matt Elliott en "Dust, Flesh and Bones"


   Estos días, en un descanso del trabajo, se me vino a la mente el SETI. No hay nada como la agotadora actividad en una gigantesca distribuidora de ropa, para que le entren a uno preocupaciones sobre cómo va, en el mundo, la investigación sobre la inteligencia en otros mundos. Es muy de mi estilo que, para huir de las reflexiones personales, me enfoque en otras de nivel cósmico.

   Conocí sobre el SETI a finales de los noventa, leyendo a Carl Sagan en una época en que devoraba todo lo que escribió. Quizá fue en El mundo y sus demonios o, más seguramente, en Contacto donde me enteré de su existencia. Mi primer computador estuvo al servicio del análisis de la inmensa cantidad de datos que obtenían con el radiotelescopio de Arecibo. Fui uno de los millones que fantaseaban con que el cruce de saludos intergalácticos se produjera en su casa.

   En estos días, las universidades norteamericanas inclinan las rodillas para defender sus presupuestos. La física teórica, la filosofía, la historia, el estudio del comportamiento humano ya no son prioridad, a menos que alimenten bancos de datos y mejoren las interacciones entre las máquinas y las personas.  Los que trabajan en la salud se esfuerzan por mantener logros como las vacunas y reducir el impacto sanitario de un entorno que valora cada vez menos su prestigio.  En un ambiente así, es increíble que el SETI esté boyante y, a juzgar por lo logrado en los últimos años, lo estará por varias décadas más. Me alegro de que sea así. La fantasía de Sagan, donde un hombre rico daba la mano a la idea descabellada de buscar señales inteligentes en el espacio, se ha cumplido.

   Sin embargo, un programa como el SETI me genera reflexiones interesantes. No es lo mismo ir por la vida y no oír nada, a detenerse, evitar todas las interferencias, apuntar la oreja hacia los sitios más prometedores, poner muchísima atención y no oír nada.  Aunque aún no se ha demostrado que haya vida fuera de la Tierra, el hecho de que se haya generado en esta roca, apenas estuvo “fría”, es un hecho sugerente. Pero, parodiando a Brian Cox, la cantidad de tiempo que ha sido necesario para que alguien apunte un telescopio al cielo es inquietante.

   Hay tantas razones a favor de que no estamos solos como ideas amargas que señalan que muy probablemente sí. Dentro de todos los aspectos que se discuten, el que más me llama la atención es el de las distancias, tan grandes. Insalvables. Incluso, para el fenómeno más veloz, el tiempo no es suficiente, porque no hay, ni habrá, un oído que pueda esperar tanto. Los que viven lejos saben bien cuánto duelen los miles de kilómetros. Solos o aislados por la distancia. No es diferente la cosa.

   El SETI lleva a una escala de humanidad la ansiedad que produce el sentirse solo. «¿Hay alguien ahí?», gritan las antenas en Nuevo México. «¡Hola, amigo!», dice un mensaje viejo en el WhatsApp. En las distancias manejables, los humanos llaman a los seres queridos, viajan, dan abrazos, alivian un poco las cosas. Poco tiempo después, están inmersos en discusiones en las que expresan que es mejor estar solos. Se debaten entre el anhelo y la destrucción.

   El hombre es un animalito neurótico que busca a los otros para que lo confirmen, pero al final, prefiere la soledad. Se pone nervioso hasta con el Sol: cuando contempla las nubes rojas que produce al hundirse en el horizonte en las tardes, piensa en que ese infiel está marcando el mediodía en otra parte. Queremos que todo nos pertenezca. No estamos hechos para la contemplación y el respeto. Quizá, afuera saben bien de qué se trata la cosa, y se ponen en silencio cuando nuestras antenas pasan buscando una señal.

   Aquí lo vivimos con unos insoportables que quieren dominarlo todo. Por fortuna, parecido a cómo lo plantea El Principio de Dilbert, la naturaleza tiene formas misteriosas de hacer control a los daños que los más neuróticos dentro de los humanos pueden hacerle. Los homínidos más ricos son presa de una ansiedad por separarse de los otros. Emprenden, incluso, el trabajo de instalar sus casas de retiro en Marte, lo que sería favorable para la salud de los demás.

   Siendo las cosas así, ¿para qué el SETI?, si conocemos la catástrofe que viene cuando las conciencias se aproximan. Por ahora voy a dar respuesta a un amigo que ha llamado estos días.

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