DEJEMOS ASÍ
Unas campanadas fuertes y agudas se escuchan mientras Morales espera en la calle que le indicaron. Está impaciente. Sabe que tendrá que esperar porque la ansiedad lo hizo llegar temprano. El sonido lo transporta al tiempo en que campanadas parecidas marcaban el descanso de las diez en el colegio y él salía corriendo en dirección a la capilla. Recuerda que el bullicio llenaba el ambiente del gran patio rodeado por balcones y que, en menos de cinco minutos, se iniciaba un partido de fútbol.
En la capilla, Morales practicaba en un pequeño armonio que un día recuperó del descuido. Cuando vio el aparato por primera vez, encontró más fuertes los chirridos de las teclas que las notas de los pitos, ahogados por el polvo. Sin instrucción, aprendió cómo abrirlo, limpiarlo, ajustar las partes desprendidas y, después de varios intentos, a cerrarlo sin que le sobraran piezas. Entonces, las teclas se sintieron menos duras, el sonido algo afónico, pero satisfactorio. Con unas pocas clases de solfeo, material de la biblioteca, oído y mucha motivación, el niño logró sacarle melodías al aparato.
Observando los carros y las personas que vienen y van mientras espera, Morales siente una punzada en su mano izquierda. Recuerda el lejano día cuando en la soledad de la capilla vio su mano morada, hinchada y con heridas en los nudillos. Intentó ignorar el dolor y tocar. Un movimiento del dedo medio le hizo gritar. Maldijo lo ocurrido en la tarde anterior con Higuita. Habían quedado a cargo de recoger las basuras en la hora del aseo. Durante todo el recorrido Higuita jaló y empujó la parihuela más de lo necesario. Morales jaló y empujó también. La actividad terminó con una campanada mientras la pareja continuaba su conflicto.
A la vez que todos los estudiantes se reunían en un gran salón en el segundo piso, Morales e Higuita se dirigían debajo de las escalas, justo debajo del sitio de la reunión, para dejar la basura recogida. En el momento de descargar la parihuela se dieron cuenta de su soledad.
—¿Calmamos bronca? —Dijo Higuita mirando fijo al compañero, convertido en adversario.
—Calmemos bronca. —Respondió Morales llevando sus puños a la cara y dando un paso adelante.
«Regina cœli lætare, alleluia...» cantaban los alumnos en un coro de cien voces afinadas. El canto no permitía escuchar lo que estaba pasando en el primer piso: unos adolescentes probaban la contundencia de los puños de uno en el cuerpo del otro. Daban vueltas en medio de cajones y basura buscando el mejor ángulo para dar un golpe amedrentador. La sangre de los muchachos hervía. En algún momento, Morales vio la cara de su rival al alcance y le mandó un potente puñetazo. Higuita retiró su rostro y el puño de Morales fue a dar directo contra la pared. El dolor, la piel desprendida y la sangre, no bajaron la guardia de Morales, que seguía arremetiendo sin mucho éxito. Después de varios golpes de uno y otro, la pelea parecía en tablas. Entonces, Higuita dijo:
—¿Dejamos así?
—Dejemos así.
Los puños de Morales cayeron como pesas a ambos lados del cuerpo. Luego, sentado frente al armonio, sentía que era un tonto. Sin embargo, reconocía algo placentero en el suceso solitario bajo las escalas.
Esperando la cita, Morales sonríe evocando la adrenalina de aquella tarde mientras acaricia sus nudillos. Recuerda que con el armonio todo era como un juego. Esa podría ser la fuente de la fascinación con el aparato. Al comienzo, nada sonaba como debía, pero al cabo de persistir, pudo ejecutar El Pescador. Con unos días más, el Himno de la Alegría. Aprendió e implementó acordes y en unos pocos meses estuvo listo para acompañar una misa. No todo era de oído. Con el material de la biblioteca empezó a experimentar con melodías que iba descifrando. Alguna vez encontró la partitura de La Gata Golosa, pero tuvo que suspender su práctica porque atormentaba los oídos castos del rector.
A Morales le llega la nostalgia del teclado de su adolescencia en forma de un antojo por un piano. Siente en su interior un amor abandonado que le reclama. Después de un olvido de tantos años, extraña el ritual de sentarse al frente de unas teclas mudas y frías que al toque van emitiendo melodías. Quiere volver a tener los momentos solitarios en la capilla donde sufre con una pieza y luego vibra con la emoción de compartirla. No considera que las destrezas que recuerda están perdidas. Después de lo vivido con el armonio en el colegio, nunca volvió sobre el tema de la música y los instrumentos. Ahora, sin detenerse en detalles, hace la temeraria equivalencia entre un pequeño armonio y un piano, pensando solo en el deseo de tener uno para tocarlo a su antojo.
Por eso Morales está en esta calle, esperando. Encontró un anuncio sobre pianos y acordó una cita. La dirección que le dieron es de una casa vieja de dos plantas. Le han dicho que no toque, que espere allí, y eso hace, impaciente. Es un caluroso medio día. Varios minutos después de la hora acordada, llega apresurado un hombre joven, moreno, alto y robusto. Se presenta. Abre rápido una puerta, hace entrar a Morales y luego tranca muy bien por dentro sin prender las luces.
—Espere acá, por favor —Dice el hombre dejando a Morales solo y ciego por el cambio de luz. Solo se oyen los pasos que se alejan. No se ve ninguna ventana. Un olor resinoso se percibe en el ambiente fresco y seco. Unos segundos pasan cuando al sonido de unos grandes interruptores se ilumina todo y aparece la escena de unos amplios salones llenos de grandes objetos cubiertos con sábanas.
— Señor, ¿qué clase de piano está buscando?
Los ojos de Morales se abren aún más. Recuerda el pequeño y viejo armonio de la capilla. No alcanza a responder. El hombre mueve un elegante butaco y de un tirón quita el trapo que cubre la pieza que está cerca a ellos, dejando ver un gigantesco piano de cola, negro, brillantísimo. Una artesanía bellísima, con unas letras doradas en el panel frontal que dicen Steinway & Sons. Hasta ese momento, Morales no había pensado en el tamaño que puede tener un piano. El hombre observa la reacción atónita del cliente frente al descubrimiento. Hace un ademán invitándolo a tocar, pero Morales niega con la cabeza. El hombre se sienta dándole la espalda. Abre la tapa del teclado exponiendo unas teclas blanquísimas salpicadas de un negro intenso. Pone el pie derecho en un pedal, endereza la espalda e inicia una interpretación magistral de una melodía desconocida. Unos sonidos agudos y delicados parecen transformar la habitación en un jardín, acompañados por unos bajos, al inicio casi imperceptibles y luego intensos. La cándida melodía de El Pescador pasa por la cabeza de Morales. Sabe que palidece ante la compleja ejecución que reverbera con potencia en la casa e hincha su pecho.
—Este lo tengo en muy buen precio. Tiene que aprovechar porque con lo ocurrido en Nueva York, no volverán a producirlos en Estados Unidos, y habrá que volver a traerlos desde Europa. Lo dejo en cincuenta, si decide este mes. —Morales siente la cifra como un puñetazo en la boca del estómago. —El sonido es de lo mejor. —Remata el hombre.
El vendedor se detiene. Sentado aún en el butaco, mira por encima, buscando algo, y luego se pone de pie y camina hasta el extremo más alejado de la sala. Con un ademán le dice al cliente que lo siga. Morales siente que está en el lugar equivocado. El hombre levanta otro trapo dejando ver un piano vertical con color negro más intenso que el anterior. Morales se acerca dejando una distancia de varios pasos. Puede leer en el panel: Bösendorfer. El hombre toca otra bella melodía desconocida.
—Este lo dejo en treinta. Es una joya. Escuche las notas.... ¿Qué le parece? —Las manos del hombre vuelan sobre el teclado de un lado a otro. Los dedos danzan libres al ritmo del sonido que emana de la caja. Morales siente un golpe en el costado; una punzada en su dedo medio y haciendo un esfuerzo por no tartamudear, dice:
—Creo que cometí un error. Yo toqué hace mucho tiempo y pensé que podía hacerme a uno, pero hasta ahora me vengo a enterar de lo que implica. Qué vergüenza hacerle perder el tiempo.
—No se preocupe. Hay para todos. También puedo incluirlo en unas clases para que recupere su destreza. —Se acerca apresurado a otro mueble que está debajo de unas amplias escaleras. — Acá tengo un Kawai vertical que le puedo dejar en diez. —Mira a Morales buscando alguna reacción. Luego continúa:
—Le encimo el acarreo, la instalación y la afinación durante dos años. Son equipos para toda la vida.
—Aun así está muy lejos de lo que pensé. —Dice Morales reprochándose el nunca haber investigado sobre el costo de su sueño.
El hombre lo mira con atención.
—Le recomiendo que no vaya a comprar uno chino. Es posible que se consigan hasta en cinco, pero eso no afina. No bote la plata en eso. A no ser que usted lo quiera para decorar. Cuando aparezca uno de estos, de segunda, lo voy a tener en cuenta. Aparecen ofertas muy buenas.
—Muchas gracias. Cinco millones es algo que puedo abordar. —Dice Morales entusiasmado con las posibilidades.
—Hablo en miles de dólares, señor. —Morales siente un gancho en la quijada. El hombre continúa: —Tome mi tarjeta y sigamos hablando por si aparece algo.
Los hombres intercambian agradecimientos y caminan hacia la puerta. El vendedor de pianos le abre, le da un apretón fuerte de mano y cierra quedándose adentro.
Ya, a unas cuadras después de abandonar el lugar, la certeza del error cometido es más palpable. Morales camina aturdido con las cifras que ponen su sueño tan lejos. El sentimiento de ridículo se hace más llevadero con los minutos. Es claro que por ahora sus manos no van acariciar el teclado como lo hicieron en la adolescencia. «Dejemos así...», dice en su mente una voz antigua.
