NOCHES BLANCAS
“Con completo realismo, buscar en el hombre al hombre”.
Alguna vez, en un club de lectores, cuando alguien compartía sus impresiones sobre las primeras páginas de este cuento, yo callaba, pensativo, escuchando sobre lo extraño que era el narrador: un personaje solitario que disfruta sus fantasías, que ve la realidad como una cámara de video, jugando con cada novedad que encuentra en su camino, incluso a niveles inverosímiles, que sufre con el contacto social y se enamora intensamente de una mujer, tomando su mano con la fuerza con la que un desdichado sujeta una rama prometedora mientras es arrastrado por corrientes traicioneras. «¡Yo era así!», quería gritar en medio del salón donde hacíamos la lectura. Quería decirles que yo también tenía que inventar historias extrañas sobre mi vida; que es más liviano hablar de uno como si se tratara de otro; que soy un hombre honesto, ingenuo e inocente, ignorante de mil cosas, y que es por eso que no soporto, que me hace daño, la mirada de los otros cuando hablo y que cuando lo hago adopto el tono distante de un profesor.
En tiempos de Fiódor las aproximaciones clínicas a los trastornos de personalidad eran muy primitivas. Observando la historia que expone el escritor, creo que el narrador es del tipo de espíritu disponible para el provecho de aquellos que tienen la suerte de cruzarse con él, como una deliciosa seta que crece despreocupada en el bosque. El joven Fiódor, según deja ver su biografía, conocía en carne propia lo especial que eran esos personajes que vivían al estilo de los caracoles. Él mismo se refugiaba en la escritura, en sus ensoñaciones y religiosidad para aliviar la ansiedad que le producían sus trastornos.
Interpreto el cuento como la labor de un hombre vulnerable que describe un evento de su vida. El paseo por la ciudad en medio de la claridad persistente en las noches de verano es sugerente de los pensamientos que no se apagan; de una imaginación hiperactiva. En la mente del narrador, el día también se prolonga. El disfrute del personaje con los infinitos detalles que observa genera la pregunta sobre cuánto más puede durar una mente así antes de derrumbarse; cuánto tiempo pasará antes de que el narrador colapse por efecto de su disfuncionalidad, por las consecuencias de su interacción desprevenida con un entorno repleto de oportunistas, o el efecto agotador de su singularidad.
En la dinámica de las relaciones que se muestran, la conducta ingenua del narrador contrasta con el comportamiento objetivo de Nástenka, el otro personaje importante del relato. Puede ser que, como lector maduro, estoy alejado de los tiempos en que un personaje atractivo me impresionaba a la primera, y que abuso en darle más importancia a los actos que a las palabras. No percibí un asomo de perturbación pasional, una debilidad, algún momento de confusión de esas que arrebatan el alma, que ponen la cara roja como una cereza, un impulso penoso, vergonzoso, pero significativo, al menos, de una pequeña fracción de aquel que la llevó a meterse al cuarto del inquilino y sentarse en su cama para rogarle que la llevara lejos. No, con el narrador. Con él todo fue en etapas, planeado, razonado y correcto. La decisión de romper con la abuela dominante estaba clara y Nástenka cuidaba los pasos que daba para que lo hecho fuera irreversible. Estaba atada al cuerpo de una anciana en los mejores tiempos de su vida, una condena de la que debía escapar. Por eso siento que en este cuento se debilita la intención romántica, si es que hubo alguna. Es la historia de una soledad, en la persona de un hombre que tuvo la ilusión fugaz de una pareja. De alguna manera me recordó la película Ex Maquina, donde Caleb, tan cerebral e ingénuo, cae redondo en los argumentos seductores de la cautiva Ava; o el caso de Leonard en la serie The Big Bang Theory que trata de conectar su inteligencia torpe con la de la desenvuelta Penny. Como en Noches Blancas, estas historias giran alrededor de hombres con una intelectualidad sobresaliente y, a la vez, con dificultades para gestionar las relaciones personales; personajes que quedan a merced de mujeres que tienen las funciones de su mente sin enredos y bien claros sus objetivos.
Fiódor comparte una historia escrita con la inocencia de sus primeros años, sobre un personaje inocente; uno que pasea, como él lo hacía, por las calles de Petersburgo, bordeando el Neva, en las noches blancas. Por eso, ahondar sobre las motivaciones del narrador es al mismo tiempo conocer sobre la vida del autor. El texto es como esos relojes en los que se puede ver la maquinaria a través de un cristal de zafiro. Se observa la preocupación por no repetir el estilo sin gracia de lo que circula en el medio, de que estuviera construyendo algo de las dimensiones de una novela, aunque el argumento no alcanzara más que para un cuento. Incluso, me pregunto, si, cuando Nástenka estuvo a punto de convulsionar, no fue porque Fiódor tuviera que soltar la pluma para atender la amenaza de una de sus propias crisis.
La vida es muy corta para leer todo lo que produjo el compulsivo Fiódor, disfrutar de otras delicias literarias y experiencias de vida, y, además, destinar tiempo para sobrevivir. Sin embargo, por contemplar lo que es aprender de la vida, y evolucionar en un arte, viniendo de un observador tan detallado, dedicado e inteligente, debo incluir en mis lecturas futuras el libro de Los Hermanos Karamazov. Veré qué opinaba de la humanidad al final de sus días, luego de más de treinta años de observar detenidamente y escribir; a qué conclusiones llegó estando inmerso en esa cultura de gruesos abrigos y un tiempo que llega a más de seis generaciones del nuestro. Mientras tanto, queda seguir disfrutando el retrogusto de este cuento juvenil, en tiempos en que avanza lentamente una epidemia global de soledad.