CARAMBOLA









   Treinta y ocho, cuenta Gildardo en el fichero.  El sonido de las cuentas arrastradas por la punta del taco es seco, acorde a la confianza que tiene en la ventaja del marcador. Banano lleva veintiuna, está lejos de cincuenta. Gildardo se aparta de la gran mesa a esperar la ejecución del oponente. Vacía lo que queda de cerveza en una botella y hace señas para que sirvan otra. Nadie vería en ese hombre sonriente, de estatura mediana, tez trigueña, ojos pequeños perdidos entre los párpados, a un sobreviviente decidido e implacable.

   Banano rodea lentamente la mesa acariciando, con una mano, el tibio paño azul. Busca el mejor ángulo; escoge uno que sorprende a quienes, a distancia, miran el juego. Dos lámparas grandes iluminan con generosidad la superficie mate, perfectamente plana, en la que resaltan tres bolas relucientes. Uno de los hombres que observa fuma un tabaco que le ha dado al ambiente una atmósfera nebulosa, de olor irritante. Banano entiza con fuerza la punta del palo y se inclina. Con delicadeza apunta a la parte superior de la bola roja, ensaya el golpe sin tocarla. Los movimientos son finos, exactos. La cara, cerca de la superficie, ahora iluminada, muestra una seriedad intensa. Mueve un poco las piernas, el palo gira sujeto por la mano derecha que se apoya en la mesa, extendida y apuntando a la bola roja con tres dedos. Un anillo de acero con una piedra que parece una gota de sangre, brilla compitiendo con la luz que reflejan las bolas. Todos los que están cerca contienen la respiración. El apodo del hombre puede leerse con letras nacaradas en el taco, un detalle intrigante, un orgullo excesivo que invita a conocer una historia.  El hombre da un golpe suave, tanto que parece insuficiente.  La bola roja golpea apenas en un borde a la amarilla, se desvía a una esquina donde, luego de tocar las bandas, se proyecta al lugar donde reposa la blanca.  Un tiro impecable, bello. Y luego otros.  El séptimo falla por poco.  El juego hace arte con la mecánica de las esferas en un plano; es un escenario que respeta al milímetro la geometría.

   Gildardo toma el turno.  No piensa mucho y taca.  La bola no resulta bien. Un exceso de confianza lo invade.  La racha de Banano se mantiene, Gildardo tiene la sensación de que lo ha olvidado todo mientras se reduce la distancia en el marcador.  Ahora son cuarenta y seis a cuarenta y cuatro.  Banano está adelante.  Gildardo toma de un trago la mitad de la cerveza, buscando alivio al sofoco de la situación.  No levanta la mirada.  Es su turno otra vez; no puede cederlo si quiere ganar.  Es una competencia de quien puede mantenerse más sereno.  La derrota sería vergonzosa.  Siente que el apodo del maldito Banano es un señuelo.  Falla de nuevo.

   El frío de la cerveza le recuerda a Gildardo su estadía en Valencia, hace apenas unos años.  Viajó a allá, alejándose de la turbulenta Medellín, para hacerse cargo del montaje de un frigorífico.  El calor de la ciudad era tolerable gracias a la amarga frescura de una Polar, siempre a la mano.  Desde joven había sido parte de los negocios de familiares que se criaron juntos en El Santuario y, como demostraba ser efectivo, todos contaban con su consejo o gestión.  El plan, esta vez, era aprovechar el éxito que los primos estaban teniendo con el ganado en Barquisimeto.  En ese proyecto, las adecuaciones estaban casi listas, aunque el ruido de la planta eléctrica generaba quejas en los vecinos de Turumo.  Lo último que quería eran visitas de autoridades que aprovechaban los inconvenientes para entorpecer el trabajo.  La bodega no era ideal: demasiado chica para las pretensiones y muy cerca del barrio; no había sido su decisión, pero estaba acostumbrado a trabajar con lo que había.

   Mientras Banano taca, la vida de Gildardo pasa por su mente en tomas rápidas que lo trasladan de una situación a otra. Ahora disfruta su juego favorito en un gran salón en el centro de Medellín, después, en Valencia calma su sed con pacas de cerveza y defiende su vida, luego recuerda un video que le envía su hija desde Barcelona, también es un niño que juega chucha con otros en un patio en una escuela del Santuario, en otro momento aparece de nuevo en Medellín, bien armado, liderando un grupo que recorre las calles para llegar a la casa donde está un peligroso enemigo.

   Al escuchar el golpe de Banano, Gildardo sigue la bola con la mirada.  «¿Qué puede hacer ese objeto luego de ser empujado?», se da cuenta que las razones que lo mueven son externas a él: la esfericidad, la fuerza y efecto del golpe, la planitud de la mesa, las bandas donde rebota definen lo que va a pasar.  Las consecuencias quedan establecidas sólo por la intención y destreza del que taca.

    Gildardo suspira. Sin querer, vuelve a Valencia. Desde el cuarto donde estaba encerrado, organizando papeles, una mezcla entre bodega, dormitorio y oficina en donde se concentraba el olor fétido que llegaba de un baño defectuoso, oía algo del reguetón y las carcajadas de los trabajadores que avanzaban con los últimos detalles de pintura.  Un ruido fuerte se escuchó. Sonó como si un andamio se hubiera caído, y varias voces que maldecían al tiempo; alguno que no reconocía gritaba poniendo orden.  Salió de la pieza para enterarse de lo que pasaba.  El cuarto quedaba al fondo, por lo que recorrió un largo corredor antes de poder ver algo.

    Cuando llegó a donde los muchachos, un hombre alto y moreno le apuntó con un arma ordenándole que se quedara quieto.  Gildardo hizo ademán de levantar las manos, pero como el que apuntaba estaba muy cerca, antes de tener clara la idea, le tomó el arma y se aferró a ella con la fuerza de una trampa de caza.  El forcejeo produjo un disparo que dispersó a todos los que estaban en la bodega.  Se oyó cómo afuera los vecinos cerraban, apresurados, las puertas y cortinas metálicas. Gildardo se dio cuenta de que había quedado solo, sujetando una mano que lo sacudía como un muñeco. Los hombres rodaban por el suelo; una caneca de pintura se volteó, volviendo el piso resbaladizo. Gildardo era golpeado contra alguna pared, casi aplastado, las piernas enredadas en objetos que aparecían, como que lo emboscaban, pero sus manos seguían tomando el arma; había logrado introducir un dedo en la parte trasera del gatillo, sentía que se le aplastaba contra las paredes del guardamonte en los intentos que hacía el hombre por disparar cuando, en alguno de los arrebatos, tenía al enemigo al alcance. Gildardo soltó una de las manos y le envió un gancho a la parte baja del abdomen. El hombre quizá pensó en algo peor que un puño, porque soltó el revólver, que fue a dar a varios metros y, viéndose desarmado, salió a toda carrera del lugar.

   Gildardo miró el dedo sangrante, recogió el arma y caminó lento a la puerta de la bodega.  En la calle no había nadie, excepto unas cuadras más lejos donde la vida transcurría normalmente.  Pensó que el destino lo perseguía, que no era casual que después de dejar la vida temeraria en Medellín estuviera metido en una situación como aquella.  Se reprendió así mismo por relajarse, por olvidar que siempre hay que batallar para mantenerse vivos.

   Mientras hacía un rápido reconocimiento de los alrededores, recordó su pueblo de niño, su hermoso Santuario: verde, con su paisaje quebrado y con gentes amables, distinto al panorama llano de Valencia, con pequeñas y resecas montañas que amenazaban incendio, un entorno de construcciones derruidas, con gente agobiada por el sufrimiento.  «Poneme un hombre con un fusil en el techo», pidió, recordando lo que los tíos decían, que no era sino rezar, y el de arriba acudía a ayudar.  Sin embargo, la palabra en que confía Gildardo va acompañada de una mano que completa la transacción.  Y así fue: las oraciones dieron frutos. Después de unas semanas, los trabajadores cuchicheaban sobre las novedades.  Un conocido de Medellín, apareció de visita, preocupado por el paisa del frigorífico. Era curioso que conociera tanto de lo ocurrido en las bodegas. Haciendo esfuerzos por quitarle importancia a la información, preguntó si se sabía algo del muchacho muerto en esos días.  Lo único que Gildardo expresó, mientras besaba el Cristo de una camándula dorada que siempre lleva en el cuello, acariciaba la cicatriz reciente en el dedo y saboreaba una Polar, era el agradecimiento con Dios que le despejaba el camino de enemigos.

   Banano ha fallado.  La presión es insoportable.  El hombre se seca el sudor de la frente con la manga de la camisa y se aleja de la mesa.  Su rostro está más tenso que al principio.  Gildardo siente un cansancio inmenso que le oprime la espalda.  No debe hacer más que una carambola para ganar la partida. Las bolas han quedado en una distribución cercana que no requiere mucho análisis.  Todos alrededor de la mesa tienen una actitud solemne.  Gildardo aprieta el taco con fuerza, la cicatriz en el dedo le pica intensamente.  Sabe que no es posible partir de esa forma ese palo tan fuerte, pero intenta hacerlo hasta que le duela la mano. Recuerda claramente la vez que el gatillo le aplastaba el dedo, eso sí fue luchar por estar adelante.  Siente fatiga de sobrevivir a tanta canallada; a pesar de su fortuna, no percibe la línea de su historia como destinada a un fin superior.  Es la casualidad lo que le ha permitido seguir, no estar en el momento y lugar por donde pasaba la bala que mató al compañero, al amigo o al primo.  No se siente orgulloso por ganar la lotería. Decide no ganar. No quiere ir adelante. Para no humillar a Banano, falla la bola haciendo un tiro ridículo, pero creíble. Es posible que a partir de ahora pueda empezar a dormir mejor. Desarma el taco, lo guarda con cuidado en la cubierta, hace un ademán para pedir la cuenta, y se despide: «Amigos, no hay más bola para tacar hoy».

Entradas populares de este blog

SOLEDAD