CANCIONERO INFANTIL
Días después, luego del descanso de las diez, los niños de la jornada de la mañana se formaban en el patio con la expectativa del publicitado concurso de canto, que enfrentaba a los diferentes salones. Hubo interpretaciones hermosas con voces angelicales, como la de una niña de primero que impresionó a todos con “Viejo juguete”, sobre todo al final, cuando habló sobre los objetos que disfruta un niño en el cielo luego de haber sido atropellado. De quinto grado, alguien cantó “La Cuchilla”, haciendo mímicas graciosas que despertaron muchas carcajadas. Y entre todas las presentaciones, aparecieron los alaridos del representante de Tercero C, que generaron el mismo efecto que se había dado en la eliminatoria del salón. Por la cabeza de los asistentes pasó la escena del padre que es rechazado por su hijo, como acto merecido por haberlo abandonado al momento de nacer. Los aplausos prolongados y ruidosos declararon a José como representante para la gran final.
Una semana después, al medio día, las dos jornadas de la escuela se hacinaban en el gran patio para ver la final de canto. Una aglomeración en la parte cercana al escenario, hizo necesaria una intervención del rector, que reclamó orden y silencio para dar inicio con la actividad. Después de una breve introducción, una niña fue invitada a pasar al escenario. Era una criatura diminuta y hermosa del grado segundo, que entonó, potente e impecable, la historia de “La Martina”. Su cuerpo pequeño, de ocho años, se convirtió en el de una mujer de dieciséis, que reclamaba insistente la confianza de su marido. La representación también daba vida a un hombre furioso que llegaba temprano a su casa y preguntaba extrañado por cada cosa ajena que encontraba. Para los maestros risueños, que observaban desde los corredores, era evidente la imagen de otro hombre que escapaba apresurado por el campo, y del que la historia contaba muy poco. La caracterización de la niña cantante, culminó en aplausos potentes y silbidos luego del momento en que el cuerpo delicado de Martina, «hincadita de rodillas», recibía seis tiros. Hubo quienes se llevaron las manos a la boca, aterrados con la crueldad que estaba pasando, y pueden jurar que vieron cómo las balas atravesaron el cuerpo de la mujer.
Luego salió, José. Pero, estando el niño parado ante todo el público, ya tomando aire para iniciar con su canto, se le acercó el profesor Duque diciéndole al oído: «cantá otra». Hubo unos segundos de pánico. De mirada pérdida. De mente perdida. Pero el niño pudo identificar una nueva opción. Esta vez, era sobre una medallita de oro. Pero el desastre no pudo evitarse. Mientras hacía su mejor esfuerzo relatando lo pasado con la medalla, la cara de tedio de los asistentes incrementaba su inseguridad, haciendo que le atacaran unos repentinos falsetes y que se le olvidara repetidamente el hilo de lo que contaba. El maestro veía claramente que junto al cuerpo sin vida de Martina, que aún descansaba tibia en el escenario, iba quedando tendida la carrera de cantante de José. Ya al final de una presentación con escasos aplausos, José pudo ver desde el escenario el rostro extrañamente risueño de Rubiela, ubicada al lado del profesor Duque.
